Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por unos tallarines rojos con pollo y su papa a la huancaína al lado. Para tomar pidió un refresco de durazno heladito. “María, el pueblo sigue sufriendo no solo por los huaicos, desbordes y aniegos, sino porque los alimentos están que suben como globos de gas en los mercados.
LEE TAMBIÉN: Ministra viajera
El pollo sigue por las nubes, al igual que el queso, los limones y las frutas. Las carreteras están destrozadas y los camiones con productos tienen que hacer varios trasbordos para llegar a los grandes centros de distribución. Hace menos de un mes los alimentos estaban caros por los bloqueos de los violentistas que defendían al corrupto de Pedro Castillo.
Al final es el pueblo el que sufre, por más que los comunistas y ‘caviares’ digan que luchan por ellos. La gente está volviendo a comprar menudencia, huesitos, alitas y espinazo para parar el almuerzo del día. Y lo peor es que el Estado no tiene plan de contingencia para evitar esta espiral alcista. Todo lo deja al bendito mercado.
LEE TAMBIÉN: El peligroso dengue
Con todo lo que está pasando en los últimos años, es mejor que la gente comience a sembrar sus huertitos, como hacían antes las amas de casa, o tener sus corrales de pollos, cuyes, gallinas y pavos. Pero lo veo difícil.
Los peruanos le han agarrado horror a los jardines o espacios libres. Todo lo llenan de cemento para tener espacio. Ni un metrito dejan para sembrar árboles que les traigan sombra y refresco, más aún en estos tiempos en que el cambio climático se está viendo con mayor lucidez.
Por eso algunos consejos a las mamitas para poder parar la olla:
Contenido GEC