Que un niño responda mal a sus padres, desafíe a un profesor o crea que puede hacer lo que quiere no siempre es solo ‘rebeldía’. Cuando estas conductas se vuelven frecuentes, pueden evidenciar falta de límites y de respeto hacia las figuras de autoridad.
Los niños aprenden a relacionarse con los demás a partir de lo que observan en su familia. Si ven que las normas ceden fácilmente, que con un berrinche consiguen lo que quieren o que sus padres justifican cada error, pueden entender que las reglas son negociables, incluso fuera del hogar.
“El respeto hacia las figuras de autoridad se aprende primero en la familia. La forma en que un niño aprende a respetar los límites también influirá en cómo responde ante profesores y otros adultos”, explica la psicóloga Juliana Sequera.
No se trata de formar niños que obedezcan ciegamente. Pueden expresar desacuerdos y defender sus ideas, pero sin insultar, gritar ni agredir. Ante una falta de respeto, los padres deben señalar la conducta, escuchar al menor y aplicar una consecuencia coherente.
Sequera agrega que: “La clave está en formar hijos capaces de cuestionar y expresar sus ideas, pero entendiendo que sus derechos conviven con los derechos de los demás. Lo que aprenden sobre límites y respeto será la forma en que se relacionen con la sociedad”.
Antes de justificar cada falta de respeto de tu hijo alegando que es ‘su personalidad’, recuerda que tener carácter no significa tener permiso para agredir, humillar o insultar.
Contenido GEC