
“Profe, usted sabe que si un profesor me jala, lo mato, looo matooo”. Esta frase lanzada por un alumno a su profesor de un colegio de la Marina es solo una muestra del infierno en el que se han convertido los salones de clase para los buenos docentes que solo intentan hacer su trabajo.
Esto no es nuevo; según expertos, las agresiones en contra de maestros se han intensificado en los últimos años, específicamente después de la pandemia, motivando ceses voluntarios por estrés crónico derivado de la presión institucional y la compleja convivencia escolar.
Los docentes enfrentan insultos, burlas (por su aspecto o forma de dar las clases), faltas de respeto, desobediencia organizada en el aula y hasta agresiones físicas y verbales.
Lo peor es que el docente no solo tiene que lidiar con estos estudiantes ‘problema’, sino también con sus padres, que, generalmente, suelen sacar cara por sus hijos malcriados y terminan denunciando a los maestros por intentar educarlos.
Las causas nacen de la combinación de varios factores: sociales, familiares e individuales, como pérdida de autoridad y respeto, lo que debilita la posición de liderazgo del docente en el aula; falta de límites en el hogar, entornos permisivos o conflictivos donde no se enseñan normas de respeto; baja tolerancia a la frustración o el descontento por las malas notas e influencia de las redes sociales.
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