El tiempo se pasa volando. No puedes verlo, oírlo, detenerlo ni almacenarlo, pero sí medirlo, y para ello utilizamos unidades de tiempo.
Según la física, el tiempo es lo que separa los eventos y permite establecer el pasado, el presente y el futuro. Es una magnitud continua que siempre va hacia adelante, nunca retrocede.
El reloj es el instrumento con el que medimos el tiempo en segundos, minutos y horas. Para utilizarlo es necesario saber que un día tiene 24 horas, una hora dura 60 minutos y un minuto es igual a 60 segundos. Estas unidades de tiempo son las más pequeñas y fundamentales para medir intervalos cortos con precisión.
Para llevar la cuenta del transcurso del tiempo más allá de los días utilizamos el calendario. Para manejarlo debemos saber que un año tiene 365 días (o 366 en un año bisiesto), agrupados en doce meses. Cada mes varía entre 28 y 31 días (febrero tiene 28 días y 29 días cada 4 años) y tiene cuatro semanas de 7 días cada una.
Existen unidades mayores que el día, por ejemplo: 15 días forman una quincena, 3 meses forman un trimestre, 4 meses un cuatrimestre, 6 meses un semestre, y 12 meses forman un año.
Para medir periodos históricos o geológicos se usan unidades de tiempo más grandes. Las más comunes incluyen lustros (5 años), décadas (10 años), siglos (100 años), milenios (1000 años) y, a mayor escala, eones (miles de millones de años), fundamentales para medir la historia de la Tierra.
La medición del tiempo comenzó hace más de 30 mil años. En ese entonces, las sociedades no contaban con relojes. El tiempo se medía mediante la observación del sol, la luna, las estrellas y los planetas que se conocían en la antigüedad. La salida y la puesta de sol, los solsticios, las fases de la luna y la posición de estrellas y constelaciones específicas se han usado en todas las civilizaciones para marcar actividades específicas. El estudio del tiempo y su medición se denomina horología.
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