Hay niños que empiezan a inventar excusas para no ir al colegio. Otros dejan de hablar, duermen mal, comen menos o pierden el interés por actividades que antes disfrutaban. Detrás de esos cambios puede existir una experiencia de acoso escolar que no saben cómo contar.
El bullying no es una simple broma ni una etapa que deba soportarse para aprender a ser fuerte. Cuando las humillaciones, amenazas o exclusiones se repiten, pueden afectar la autoestima, la seguridad y la confianza en los demás. A veces, el daño continúa incluso después de que las agresiones terminan.
Como adultos, necesitamos observar sin sacar conclusiones apresuradas. Preguntar con calma, escuchar sin minimizar y buscar apoyo en la escuela estos son pasos importantes. Si el malestar persiste, la atención psicológica puede ayudar al niño a recuperar su bienestar.
También es importante evitar enfrentar al niño con quienes lo agreden sin un plan de protección. La respuesta de la escuela debe ser seria, discreta y sostenida. Pedir ayuda es una forma de protegerlos.
Ningún niño debería sentir que tiene que enfrentar el miedo en soledad.
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