
¡APRENDIENDO CON TROME! En nuestro país, el Día de los Muertos, que se conmemora hoy, es mucho más que una fecha en el calendario, es una tradición para recordar a quienes partieron y ya no están con nosotros.
Su origen es prehispánico. Mucho antes de que llegaran los españoles, los incas y otras culturas preincaicas ya respetaban a sus muertos de una forma única.
En su calendario, noviembre era el Aya Marcay Quilla (en quechua: ‘el mes de abrazar a los muertos’). En esa época, las familias sacaban a las momias de sus ancestros (mallquis) de las tumbas. Les cambiaban de ropa, las adornaban y las paseaban por las calles con música, comida y chicha. Para ellos la muerte no era el fin, sino una transición; los antepasados seguían siendo parte de la comunidad.

Con la llegada de los españoles, en el siglo XVI, se prohibieron estos ritos porque los consideraban idolatrías. Además, se cruzaba con la celebración del Día de Todos los Santos (1 de noviembre), impuesta por la Iglesia Católica. Pese a la prohibición, no se pudo erradicar esa necesidad de conectar con los difuntos.
¿El resultado? Ambas culturas se fusionaron. La fiesta católica de los santos europeos se mezcló con el respeto andino. Hoy, esa mezcla sigue viva. La gente va a los cementerios a limpiar y decorar las tumbas con flores, y lleva bandas de música y comida en un ambiente familiar.

En lugares como Ayacucho o Cusco se arman mesas con los platos favoritos del difunto, dulces y frutas para ‘compartir’ con ellos. Una conexión que el tiempo no ha podido borrar.
DATITO
De esa fusión nacieron tradiciones como las tantawawas (del quechua tanta, pan, y wawa, bebé). Estos panes dulces con forma de niños y caritas de cerámica representan la pureza de las almas de los niños fallecidos y simbolizan el ciclo de la vida. Junto a las tantacaballos (panes en forma de caballo para ayudar a las almas a cargar sus ofrendas) son las estrellas de los altares.










