Durante años, muchas personas con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) crecieron escuchando las frases: “Eres distraído”, “no terminas nada”, “quédate quieto”.
El problema es que, cuando una dificultad se interpreta como un defecto personal, puede terminar afectando la manera en que alguien se percibe.
El TDAH no es simplemente “no prestar atención”. Puede involucrar dificultades para regular la atención, organizar tareas, administrar el tiempo, controlar impulsos y mantener el esfuerzo en determinadas actividades.
Además, no desaparece necesariamente al llegar a la adultez. Comprender esto no significa justificar todas las conductas. Significa dejar de explicar únicamente desde la voluntad aquello que también puede estar relacionado con una forma particular de funcionamiento.
Una evaluación adecuada permite comprender qué ocurre y encontrar estrategias de acompañamiento.
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