Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por una sopa seca con carapulcra chinchana, sarsa criolla y rocotito molido. Para tomar, pidió una jarra de chicha morada heladita.
“María, el domingo vi con estupor y cólera el caso de esa congresista acusada de quedarse con parte del sueldo de sus trabajadores, ayudada presuntamente por su sobrino, a quien le depositaban cada vez un monto que iba desde los 900 a los 4 mil soles mensuales. Alertada por el informe de Latina que iba a venir, la legisladora Rosío Torres borró los mensajes de WhatsApp que tenía con su familiar y sindicó a una de sus asesoras como la que dio el ‘soplo’.
Es decir, no pidió explicaciones, no ordenó una investigación interna, nada. Solo quería borrar huellas. Semanas atrás otro reportaje de televisión denunció por el mismo hecho a la congresista Magaly Ruiz, también de Alianza Para el Progreso como Rosío Torres. No es la primera vez que ocurre algo así. Desde hace años malos legisladores tienen esa práctica y, lamentablemente, no les pasa nada. O sea, no contentos con tener un sueldazo, gastos de representación, seguro privado, comida gratis en el Palacio Legislativo, seguridad policial y otras gollerías, hay parlamentarios que se quedan con la plata de sus empleados. El colmo. En aras de la transparencia y buena imagen de ese poder del Estado, la Comisión Permanente debería estar viendo estos casos y sancionar a los culpables. Pero nada de eso ha pasado ni pasará. Correrá el tiempo, la gente se olvidará y allí quedará la cosa.
Lo malo es que este tipo de noticias llega a los jóvenes, que podrían pensar que la criollada es lo que vale en este mundo. Que el camino hacia el progreso y el crecimiento económico pasa por quitarles las cosas a sus congéneres. Nada más alejado de la realidad. Que los jóvenes comprendan que todas las historias de éxito pasan por el trabajo duro, el sacrificio, la creatividad, el ahorro y la planificación. Por eso, unos consejitos:
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