Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un estofado de pavita con lentejitas bebé, sarsa criolla y arrocito blanco. Para tomar pidió una jarrita de chicha morada. “María, la delincuencia está imposible y ahora no repara en ancianos, mujeres o niños. Nadie está a salvo y ojalá la Policía pueda derrotarla, así como venció hace treinta años al terrorismo homicida de Sendero Luminoso y el MRTA. No esperemos llegar al extremo de lo que viven los ecuatorianos, donde el hampa organizada hace poco mató a un fiscal y varios policías. O al México de Andrés López Obrador, cuyas Fuerzas Armadas y Policía han sido penetradas por las bandas de narcotraficantes y ahora es casi imposible erradicar esa modalidad de delito de la tierra de los charros. A los muchachos hay que decirles que el progreso, el dinero, el bienestar se construye de a pocos, con mucho trabajo, esfuerzo, dedicación y sacrificio. Nada viene fácil.
No hay nada como ver el orgullo en los rostros de nuestros padres cuando nos ven graduarnos en la universidad o logrados como profesionales o exitosos empresarios. Qué pena da ver a cientos de mujeres, madres de familia sobre todo, haciendo cola en las cárceles para ver a sus seres queridos caídos en desgracia. Yo tengo gran admiración por esos emprendedores en el Perú que se hicieron de la nada, como es el caso de los Añaños en Ayacucho, los Wong, los Romero, dueños del Banco de Crédito, y muchos más. Ninguno de ellos recurrió al robo, la extorsión y la estafa para hacer un imperio económico. Esos deben ser los espejos donde se reflejen los jóvenes de hoy. Estados Unidos se convirtió en el primer país del mundo porque sus inmigrantes iniciales, los llamados ‘pioneros’, tuvieron una ética del trabajo muy importante. Todo bienestar debía venir del trabajo, el sacrificio y el ahorro. Nada llega del cielo.
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