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Este Búho recuerda aquel maravilloso y sorprendente , al norte de Lima. ‘Dicen que en ese pueblito hay una enfermedad congénita que está dejando ciega a su población masculina’. Clic. El dato me sorprendió y de inmediato se me vino a la cabeza ‘Ensayo sobre la ceguera’, del Premio Nobel de Literatura José Saramago.

Era un jovenzuelo reportero, indocumentado y, sin más provisiones que una latita de atún y galletas de soda en mi mochila, me subí a la tolva de un camión rumbo a mi destino para corroborar aquel dato. Recuerdo el sol asomándose entre las montañas secas de esta provincia limeña. Mientras tanto, apuntaba todo lo que veía en una libreta vieja. Cactus. Polvo. Abismos.

Mientras subía la trocha, a la mente se me venían escenas del libro de Saramago: Un hombre espera que el semáforo cambie a verde para seguir manejando. De pronto se queda ciego. Ayudado por algunos transeúntes, el hombre es llevado hasta su casa. Cuando su mujer advierte sobre su discapacidad, ambos se ponen a llorar y de inmediato van en busca de un oftalmólogo.

El médico no sabe el origen de la desgracia: nunca antes una persona había quedado ciega sin causa aparente. A partir de aquella escena, el maestro Saramago construye una obra magistral que, para muchos, termina siendo una gran metáfora: la sumisión del ser humano contemporáneo que no tiene una mirada crítica sobre su entorno.

Entonces, el galeno y los pacientes de ese día también se quedarán ciegos. El médico es consciente de que son víctimas de una epidemia y decide alertar a las autoridades gubernamentales para cortar de raíz ese ‘foco infeccioso’ y se ordena confinarlos con férreos y draconianos reglamentos de cautiverio ¡en un manicomio!

Es aquí, en el claustrofóbico encierro, donde un puñado de personas de distintas condiciones sociales y laborales (hay un doctor y su esposa especial, un oficinista, taxista, camarera de hotel, guapa ‘lolita’ de alto vuelo, un niño estrábico, un policía y un ladrón). Todos son las primeras víctimas de un Estado fascista que les da las órdenes más miserables.

‘Nadie sale y el que se muere se queda adentro’. Pero lo peor es que este Estado no solo confina a los ciegos, sino también encarcela a los que ven, pero han tenido un ‘contacto con los invidentes’. En esa ‘tierra de nadie’ que significa el encierro afloran lo peor del ser humano y las expresiones más primitivas del hombre.

El portugués sostenía con ironía que los adelantos de la civilización post industrial marchaban irremediablemente a llevar al hombre nuevamente a la época de las cavernas. Esa premisa la utiliza en esta hermosísima novela con un lenguaje tan transparente como un río cristalino. Sin apellidos y nombres, ¿les sirve algo de eso a los ciegos? Saramago utiliza una metáfora sobre el fin de la civilización. Allí el novelista deja su fresco humor negro para descender por los infiernos de la naturaleza humana. Invidentes que explotan y abusan, hasta sexualmente, de las ciegas.

No escribo más, solo que entre los personajes de Saramago hay una esperanza. Recordaba aquella hermosa novela mientras el camión ruinoso que tosía cada 5 minutos doblaba por curvas angostas, levantando un polvo seco y removiendo las pequeñas rocas que terminan cayendo a los abismos.

La carretera que me llevaba a Parán –me dijeron luego- fue hecha por los mismos pobladores durante 11 años. Parán solo tenía un teléfono público. No había internet. Había un colegio estatal precario. Una posta médica con una sola enfermera técnica. Las casitas estaban salpicadas unas lejos de otras y arriba, casi tocando el cielo, vivía Lorenzo, un viejito invidente, símbolo de esta enfermedad que iba dejando ciegos a sus pobladores masculinos: La retinitis pigmentosa.

Se trataba de un mal genético que había afectado a gran parte de la población, pues era una enfermedad que iba empeorando con los años. Conversando con Lorenzo, un anciano que tenía como único compañero a su bastón y un perro tan viejo como él mismo, me dijo que lamentaba que su pueblo se haya hecho conocido por este mal y no por los deliciosos melocotones que allí sembraban.

Algo parco, pero gentil, lejos de maldecir su suerte, agradecía a Dios por cada día de vida. En su precariedad había abrazado a la resignación como su fe. Yo era un jovenzuelo periodista y fue una de las experiencias más bonitas que viví. Apago el televisor.

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