
Este Búho leyó conmocionado cómo solo entre enero y febrero la minería ilegal deforestó más de 69 hectáreas de selva en la reserva nacional de Tambopata, Madre de Dios, según un informe publicado en El Comercio. Me afecta profundamente, porque como reportero he recorrido nuestro inmenso país. He navegado en lancha los ríos más caudalosos del Perú: Huallaga, Ucayali y Amazonas. Así he podido conocer de primera mano los destrozos de estas actividades que se ejecutan al margen de la ley.
Alguna vez, en un viaje que nunca olvidaré, mientras nos dábamos un chapuzón en las aguas del Huallaga con los compañeros de ruta, vimos cómo una mancha negra y espesa se iba con la corriente. Pronto supimos que eran restos de relave.
Entonces, nos habíamos internado a dos horas de Yurimaguas, en una comunidad nativa llamada Esperanza. Un nombre ‘anecdótico’, pues lo último que conservaban los pobladores de aquel pueblo era eso, la esperanza. A dos horas de la ciudad y a orillas de un río, no tenían agua potable, no tenían luz ni acceso a Internet. Servicios básicos para una vida de calidad.
Además de estas carencias, los pobladores de Esperanza se enfrentaban a otros problemas más graves, la deforestación indiscriminada. Estas actividades, además de destruir sus tierras de cultivo, hacían de su principal fuente de vida, el río, un caudal venenoso. Con los amigos de aquellos años veíamos sorprendidos cómo la selva se iba convirtiendo de espesa vegetación a campos pelados y secos.
Cada cierto kilómetro, mientras avanzábamos con nuestra lancha observamos cómo llegaban al Huallaga vertientes de aguas oscuras que salían de entre los árboles y contaminaban el río. Era toda esa basura tóxica que los mineros ilegales utilizaban para conseguir minerales y que luego, sin más control, desechaban.
Cada tanto nos cruzábamos con embarcaciones que transportaban montañas y montañas de troncos. Años después, en otro viaje por el Amazonas y luego en el Ucayali, vi las mismas escenas de terror. Nada había cambiado.
Pero la minería y la tala ilegal son las madres de otras actividades criminales: como la trata de mujeres, la extorsión y el sicariato. Son zonas liberadas, en donde ni siquiera la Policía ingresa a pesar de tener conocimiento de lo que ocurre.
Hace algunos meses, conversando con un muchachito que se fue a la selva a trabajar como minero informal me comentó que estos son lugares en donde la vida no vale nada. ‘Duermes con un ojo cerrado y otro abierto’. Viven al límite, pero eso sí, las ganancias son jugosas y es lo que los motiva a ser parte de esta cadena.
“En una semana puedes ganar hasta diez mil soles si trabajas parejo”, me dijo. Estas actividades no son nuevas, todos lo sabemos. Lo que sí sorprende es que cada vez más políticos son financiados por estos criminales.
Ahora son parte de nuestras instituciones y legislan a favor de estas actividades que día a día destruyen nuestro ecosistema y matan a nuestros compatriotas.
Hoy, lugares como La Pampa o Tambopata, por mencionar algunos, son tierra de nadie, en donde la prostitución infantil y la venta de droga se hacen a la luz del día. El panorama parece devastador para los próximos años si vemos la lista de los que ingresarán al nuevo Parlamento. Apago el televisor.
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