
Este Búho sacude su mente de las pantanosas aguas de la política para sumergirse en en YouTube. En esa plataforma veo memorables partidos de fútbol, revivo históricos combates de box del ‘Cholo’ Durán, grandes conciertos de música y documentales. Después voy a un cuarto especial de mi casa donde tengo cientos de libros, revistas y diarios que ahora yacen en el cementerio de papel.
En esta era digital soy de la vieja escuela. Me entero de muchas cosas por redes de forma inmediata, pero un diario tengo que leerlo temprano por la mañana en papel. Olerlo. Debe ser por mi formación, soy futbolero desde pequeño y crecí leyendo la mítica revista deportiva argentina El Gráfico.
Me refiero a su versión impresa, pues continúa apareciendo en internet. La influyente publicación gaucha fue fundamental en toda Sudamérica por la calidad de sus periodistas, verdaderos maestros de la pluma, y de su sinigual despliegue gráfico. Tanta huella dejó que varias generaciones de periodistas deportivos surgieron gracias a su lectura.
Fundada en 1919, era de aparición semanal hasta el 2002, cuando pasó a ser mensual, y se publicó por última vez en enero del 2018, cuando estaba a punto de cumplir un siglo. Tengo en mi biblioteca incontables ejemplares, verdaderas joyitas periodísticas que atesoro con cariño y nostalgia. Recuerdo que de niño esperaba con impaciencia todos los martes, pues ese día El Gráfico llegaba del aeropuerto.
En Argentina salía el lunes por la mañana con un despliegue de fotos impresionante. Por esa época, el zaguero Julio Meléndez Calderón era ídolo en Boca Juniors y desde la tribuna le cantaban ‘Y ya lo ven, es el peruano y su ballet’.
El Gráfico le daba al hincha futbolero y también de otros deportes, una dosis visual vanguardista. Eran inolvidables sus espectaculares secuencias de los goles, cuadro por cuadro, porque la revista mandaba a los partidos a un ejército de fotógrafos que prácticamente disparaban como si en vez de cámara fotográfica tuvieran una filmadora. Era un gozo ver cómo se gestaban las anotaciones a través de la secuencia fotográfica.
Y al costado, el mismo gol en dibujitos, cuadro por cuadro. Y eso que Argentina había sido eliminada del Mundial de México 1970 por Perú, pero su tiraje era astronómico. Los clásicos Boca vs. River. El Boca de Meléndez, Clemente Rojas ‘Rojitas’, Madurga, el inmenso arquero Roma, mientras que por River estaban los hermanos Omega, Luisito Artime y ‘Pinino’ Más. Después llegarían a Boca Brindisi y Maradona, y a River el gran ‘Beto’ Alonso y luego Francescoli, entre otros monstruos.
Pero El Gráfico no solo te entraba por los ojos, lo extraordinario es que a esas pinceladas que te hacían creer que habías estado en el estadio y visto los goles en vivo y en directo, se unía el hecho de que estaba escrita por un increíble plantel de redactores, verdaderos ‘poetas del verde’ y los deportes en general: boxeo, tenis, automovilismo, básquetbol, atletismo.
Nunca olvidaré aquella crónica de Emilio Lafferranderie, ‘El Veco’, cuando lo mandaron a Nueva York a una pelea por el título y decidió hacerle una entrevista al mítico Jack Dempsey, ‘El matador de Manassa’, en su restaurante neoyorquino. Porque después del fútbol era el boxeo el que acaparaba más páginas en la revista.
Claro, recuerden que Carlos Monzón ganó la corona de los medianos a otro grande, ‘Nino’ Benvenuti, y la defendió con éxito en múltiples ocasiones, sobre todo en Europa, a donde siempre llegaba la revista. Tal vez su apogeo coincidió con la época de oro del fútbol argentino, cuando ganaron la Copa del Mundo en su país en 1978.
Ahí publicaron una foto que algunos catalogan como la mejor foto deportiva de la historia. Y yo le agregaría ‘el mejor titular’ también. En ella, el arquero ‘Pato’ Fillol y el defensa Alberto Tarantini están arrodillándose en el césped una vez acabado el partido final. Y aparece en escena un hincha que los acompaña, pero ¡no tiene brazos!, las mangas largas de su polera intentan acercarse, pero no llega.
El ‘clic’ de Ricardo Alfieri inmortalizó esa conmovedora y frustrante escena. Pero la sensibilidad del editor hizo que esa foto pasara a la posteridad al colocarle como título ‘El abrazo del alma’. Así era El Gráfico.
Si me hice periodista y me aficioné a las crónicas es en gran medida por mis semanales lecturas de esta revista. Escribo esta columna sin consultar en Google, porque todos estos recuerdos están en el disco duro de mi cerebro.
Aprendí a escribir también con los artículos de Robinson, Juvenal, Borocotó, el gran Héctor Vega Onesime, Oswaldo Ardizzone, Aldo Proietto, Carlos Irusta, Luis A. Hernández, entre otras luminarias. Hoy que ya no está, volví a revisar algunos ejemplares de El Gráfico de colección y me hizo recordar esos años maravillosos. Apago el televisor.
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