
Este Búho siempre rechazará las posiciones de los extremistas porque generan violencia y derramamiento de sangre. Los peruanos mayores de 40 años lo vivimos en carne propia con la demencial agrupación terrorista Sendero Luminoso, que puso en jaque al país con sus atentados y asesinaba de las formas más inhumanas y retorcidas hasta a mujeres y niños.
Seguían las directivas de su cabecilla, la hiena Abimael Guzmán que, en su locura por tomar el poder, ordenaba ataques con ‘coches bomba’ cargados con cientos de kilos de dinamita.
Esa manera perversa de jugar con la vida de los demás es de monstruos. Por eso, me llamó la atención la acalorada entrevista que el último domingo le hizo Milagros Leiva a Antauro Humala, el condenado a 19 años por el asesinato de cuatro policías en Andahuaylas.
El etnocacerista reiteró su admiración por Sendero Luminoso señalando una vez más que era ‘lo mejor de la izquierda peruana’ porque sus miembros eran los ‘más consecuentes’.
¿Se puede calificar de consecuentes a una banda de asesinos? ¡Por favor! Antauro, quien es el socio político de Roberto Sánchez en su aventura por llegar al poder, confirma con sus dichos que es un orate de cuidado.
Pero nada bueno se puede esperar de un consumidor de drogas. Es necesario contarles a los más jóvenes todo el daño que le hizo al país Sendero, causante de alrededor de setenta mil muertes.
Aquí debemos hacer una autocrítica, por no haber enseñado y alertado a las nuevas generaciones de lo que significan estos partidos marxistas, leninistas y maoístas que intentaron tomar el poder a punta de fusiles y ‘coches bomba’ para imponer un régimen totalitario.
Este columnista vivió el tiempo en que reinó la demencia genocida de Sendero. Cuando iniciaron su lucha armada en mayo de 1980, muchos se rieron. Los llamaban abigeos. Pero ellos empezaron a instaurar un régimen de terror, primero en las comunidades más pobres de las alturas de la sierra, luego en ciudades como Ayacucho y posteriormente por todo el país, sobre todo en Lima, donde iniciaron ‘el gran salto del campo a la ciudad’. También en las universidades.
Fue una ‘guerra silenciosa’ la que también llevamos los universitarios sanmarquinos que nos opusimos a las huestes del ‘camarada Gonzalo’.
La capital comenzó a vivir el infierno que había empezado en Ayacucho. Primero, el terrorismo urbano a lo Pablo Escobar, con matanza de policías a sangre fría, ya sea en mercados, esquinas, puertas de bancos, a traición, solo para quitarles el arma y desmoralizar a las fuerzas del orden.
Decenas de hogares de policías fueron enlutados y eso lo cuento para que los jóvenes de hoy conozcan la heroica función que cumplió la Policía Nacional en la lucha contra el terrorismo.
Después de matar a anónimos guardias, pasaron a asesinar a dirigentes políticos, como el que fuera ministro de Trabajo, Orestes Rodríguez, o el tristemente célebre ‘Búfalo’ Pacheco, al que encima dinamitaron. Del mismo modo, a la lideresa popular de Huaycán, la izquierdista Pascuala Rosado, y también a la ‘Madre Coraje’ de Villa El Salvador, María Elena Moyano.
Recuerdo que a finales de los ochenta eran comunes los estallidos de ‘coches bomba’ en cualquier punto de la ciudad, matando a muchos civiles. Y los apagones hasta en la noche de Año Nuevo. En los noventa llegaron a San Marcos. Cantaban: ‘¡Salvo el poder, todo es ilusión. Conquistar los cielos con la fuerza del fusil!’. Muchos estudiantes tuvieron que abandonar la universidad por sus amenazas.
Este columnista se refugió en el periodismo, donde me vi cara a cara con el peor rostro del terrorismo. El de los crueles asesinatos. Íbamos a mercados donde veíamos cadáveres de policías ejecutados de un balazo en la cabeza, cuerpos acribillados de generales, almirantes, empresarios, dirigentes de izquierda, ecologistas como la recordada periodista de El Comercio, Bárbara D’Achille.
Nuestra juventud no la tuvo fácil. Hoy, cualquiera tiene celular, cable, Internet y hasta te llaman y ruegan para ponerte el servicio. Solo han sido golpeados por esta pandemia mundial del coronavirus y la crisis económica.
La guerra contra el maldito terrorismo, al que algunos ahora llaman de forma huachafa el ‘conflicto armado interno’, dejó más de setenta mil muertos en el país, la mayoría población civil.
Felizmente, aquel 12 de setiembre de 1992 los heroicos policías de Inteligencia del GEIN capturaron en una casa de Surquillo al ‘Cachetón’ Abimael Guzmán y su pareja Elena Iparraguirre o ‘Miriam’. Hay que valorar la democracia y luchar por ella porque, pese a sus defectos, es el sistema que nos permite vivir en libertad y progresar. Apago el televisor.
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