MUNDO ESCOLAR. Han pasado 204 años desde que María Parado de Bellido fue fusilada en la Plaza de Armas de Ayacucho y todavía se recuerda la labor heroica de esta valiente mujer que desempeñó labores de espionaje por la causa de la independencia del Perú.
A pesar de que la independencia ya se había declarado en 1821, aún quedaban vestigios del dominio español que intentaban retomar el poder.
Nacida en Ayacucho el 5 de julio, algunas fuentes indican en 1777 y otras en 1761, María fue una indígena quechuahablante que se unió a las filas patriotas junto a su esposo, el comerciante Mariano Bellido, y uno de sus siete hijos, Tomás.
Ella y su marido se encargaron de las tareas de espionaje. María, bajo un seudónimo (se dice su segundo nombre, Andrea) y sin saber escribir enviaba cartas y mensajes secretos (que dictaba a su compadre Matías de La Madrid), en los que detallaba los movimientos de las tropas realistas. Con esta información alertaba a los patriotas de posibles ataques.
No usaba armas, pero fue una mensajera clave para identificar los desplazamientos de las huestes españolas. Aunque logró sus objetivos, una carta interceptada por los realistas llegó a manos del general español José Carratalá y se descubrió su identidad. Fue arrestada el 30 de marzo en Huamanga.
Al negarse a delatar a otros independentistas, fue torturada y ni aun así sus captores fueron capaces de sacarle información. Por lo que, finalmente, la fusilaron el 11 de mayo de 1822.
Los restos de María Parado de Bellido fueron sepultados en la iglesia de La Merced, a pocas cuadras del lugar de fusilamiento. Sus hijas quedaron abandonadas y no se les permitió siquiera asilarse en un monasterio. De allí surgieron muchas versiones sobre el destino de los deudos. Lo único que se sabe y es verificable es que Simón Bolívar estableció una pensión de gracia para las hijas, pero no se conoce la suerte que corrieron su esposo y sus hijos varones que participaron en las montoneras.
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