¿Castigar o no castigar? Esa es una de las dudas que más ronda a los padres cuando sus hijos desafían las reglas de la casa. El temor a gritarles, negarles algo o imponerles una consecuencia por miedo a ‘traumatizarlos’ puede terminar convirtiéndose en permisividad. Pero tampoco los golpes son una solución. La clave está en saber qué medidas tomar y, sobre todo, cómo hacerlo.
Para el psicólogo Héctor Lazo, un castigo puede consistir en reducir o retirar por un tiempo aquello que más disfruta el menor: el celular, los videojuegos o alguna actividad recreativa. Y, paralelamente, con la cabeza fría, explicarle que toda conducta tiene consecuencias, y por qué se está aplicando ese castigo.
“No hay que tener miedo de llamar la atención de forma enérgica y poniendo límites. Eso no genera traumas. Pero esa firmeza no debe confundirse con violencia psicológica ni verbal. Una cosa es llamar la atención y otra humillar o insultar”, señala.
Lazo considera que, como sociedad, hemos pasado de un extremo a otro. De familias que corregían con violencia a hogares donde no hay reglas por miedo a causar daños emocionales en niños y adolescentes. “Los hijos necesitan libertad y comprensión, pero también límites que los adultos deben establecer y sostener”, afirma.
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