El estrés no siempre termina cuando desaparece aquello que lo provocó. En perros y gatos puede mantenerse durante semanas o meses, afectar su conducta y dañar su salud. A esto se le conoce como estrés crónico, y suele confundirse con una mala costumbre o con su forma de ser.
La soledad, los cambios de rutina, los ruidos intensos, la falta de ejercicio o un ambiente tenso pueden mantenerlos en alerta.
Con el tiempo aparecen señales como pérdida de apetito, lamido excesivo, caída de pelo, irritabilidad, problemas digestivos, alteraciones urinarias o aislamiento.
No basta con corregir la conducta. Primero hay que descubrir qué está causando el malestar.
Una rutina estable, paseos, juegos, descanso y un espacio seguro pueden ayudarlos.
También es importante acudir al veterinario para descartar enfermedades.
Una mascota puede tener comida, agua y vacunas, pero seguir sintiéndose mal.
Proteger su tranquilidad también cuida su cuerpo y mejora su calidad de vida.
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