Hay personas que hablan con ternura a todos, excepto a sí mismas. Se perdonan poco, exageran sus errores y convierten cada tropiezo en prueba de que no son suficientes.
Ese diálogo interno no es inofensivo: influye en la autoestima, en las decisiones y en la manera en que enfrentamos todo.
Hablarse bonito no significa negar la realidad ni repetirse frases vacías frente al espejo. Significa corregirse sin humillarse, reconocer los avances y aprender a mirarse con la misma compasión que ofreceríamos a alguien que amamos.
En vez de decir ‘soy un fracaso’, puedes pensar: “Esto no salió como esperaba, pero puedo aprender”. Parece un cambio pequeño, pero transforma la forma de relacionarte contigo.
La voz interior puede convertirse en refugio o en castigo. Por eso conviene escucharla y preguntarse: ¿Me estoy acompañando o me estoy destruyendo? La autoestima también se construye con palabras. Y quizá el primer gesto de amor propio sea dejar de hablarte como si fueras tu enemigo.
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