Cuando suenan los caporales, Bastian Cueto (10) y Cataleya Pisco (8) ya no son solo niños. Sus pies golpean el suelo con fuerza, sus rostros se iluminan y sus cuerpos cuentan una historia que no necesita palabras.
Bailan caporales con una seguridad que sorprende, como si ese ritmo hubiera estado con ellos desde siempre. Hay quienes dicen que primero aprendieron a zapatear y después a caminar y, viéndolos en escena, parece que no exageran con esos piropos.
Bastian descubrió su talento siendo muy pequeño. Fue su mamá quien lo inscribió en el taller folclórico Caporales Jaqaru Perú, al notar que el ritmo lo llevaba en las venas.
Desde los cinco años, el caporal se convirtió en su gran pasión. En época escolar ensaya dos horas diarias tras salir de clases, pero ahora, aprovechando las vacaciones, se dedica de lleno a perfeccionar piruetas y fortalecer piernas y brazos.
“Quiero ser caporal toda mi vida y bailar algún día en la fiesta de la Virgen de la Candelaria, en Puno”, dice con una sonrisa firme, de esas que no titubean.
Para Bastian, danzar no es solo moverse bien. “Un buen caporal tiene que ser fuerte, agilito, coqueto y sonreírle a su pareja. También debe tener buena memoria, porque son varios pasos, ja, ja, ja”, se ríe.
Además de caporales, baila shacshas, danza tradicional de Huaraz que aprendió inspirado por su papá. Ya ha participado en concursos nacionales y espera, con paciencia y disciplina, alcanzar el primer lugar.
En el colegio, profesores y compañeros lo felicitan, y en redes sociales recibe mensajes que lo emocionan. “Cuando me dicen que bailo bonito a pesar de ser pequeño y que tengo futuro, me siento superagradecido”, confiesa, con los ojitos brillosos.
A su lado baila Cataleya, una pequeña artista que combina talento, dulzura y determinación. A sus ocho años practica caporales, saya y marinera, estudia teatro musical, hace modelaje y sueña con ser una artista completa.
“Al comienzo me costaba sonreír y ser coqueta cuando bailaba, pero poco a poco me fui soltando”, cuenta entre risas. El modelaje, asegura, la ayudó a ganar seguridad frente al público.
Cataleya ama cantar, escuchar a Michael Jackson y pasar tiempo en la playa. Sueña, como Bastian, con bailar algún día en Puno y rendirle homenaje a la mamita Candelaria.
“Estoy cumpliendo el sueño que mi mamá y mi abuelita no pudieron cumplir”, dice orgullosa. Aunque en escena se muestra segura y expresiva, fuera de ella sigue siendo una niña tierna que no se separa de su peluche con forma de pajarito.
Bastian y Cataleya bailan con el cuerpo, pero también con el corazón. En cada salto, en cada zapateo y en cada sonrisa, recuerdan que el folclore no se hereda solo en libros o escenarios: vive en quienes lo aman desde pequeños y lo bailan con el alma.
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