Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un plato de puré de papas con bistec encebollado, arroz graneado y, para tomar, una jarrita de limonada frozen. “María, leí en Trome la historia de Aquilino Flores Conislla, quien nació en Huancavelica y muy joven se trasladó a Lima. Aquí trabajó de vendedor ambulante y hasta lavó carros en la calle para ganarse el pan de cada día.
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Con esfuerzo, sacrificio, dedicación y mucha creatividad, años después creó Topitop, uno de los imperios textiles más importantes de Latinoamérica. Este hombre, hoy de 68 años, de muy niño quedó huérfano de padre y tuvo que trabajar muy duro y emigrar de su pueblo para poder comer.
Hoy, su empresa obtiene ingresos anuales de 200 millones de dólares, confecciona 160 mil prendas y da trabajo a 15 mil peruanos, esforzados y trabajadores como él. Esta historia de superación se parece a la de otros cientos de peruanos que, como él, no pidieron limosnas ni dádivas, sino la posibilidad de poder montar una empresa y vender sus productos.
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Así como él, el español Calixto Romero llegó a Piura para vender sombreros y hoy su descendencia es dueña del principal banco del país, el BCP. O los Añaños, esos ayacuchanos que en plena época terrorista fundaron en su querida Huamanga la empresa Kola Real, hoy toda una transnacional de las bebidas, con plantas en México, Centroamérica, Perú y el sudeste asiático. También están los Wong. Don Erasmo Wong, el patriarca, tenía una bodega en San Isidro, hizo estudiar a sus hijos y estos convirtieron la tiendita en la empresa de supermercados más grande del país, con marcas como Metro y Wong.
El Estado debería dar mejores oportunidades de estudio a la gente de escasos recursos y promover la iniciativa empresarial, por más pequeña que sea. El capitalismo popular es el que ha llevado a la creación de riqueza y trabajo en el país y ahí están como ejemplos Gamarra, Mesa Redonda, Polvos Azules o Las Malvinas, auténticos emporios comerciales:
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