
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por picante de carne con arrocito y ensalada fresca. Para tomar pidió una jarrita de anís tibio. “María, el Perú no solo está asediado por las mafias venezolanas del ‘Tren de Aragua’ o ‘Los Hijos de Dios’. Desde hace un tiempo han penetrado el territorio nacional las organizaciones criminales ecuatorianas que son tan o más sanguinarias que las llaneras. ¿Y por qué pasa eso? Porque nuestras fronteras son una puerta abierta debido a la fragilidad del Estado o la corrupción de las autoridades.
¿De qué vale que la Policía capture todos los días bandas de hampones si otras más entran por el sur o por el norte? Una verdadera lucha contra la criminalidad debería incluir el cierre total de la línea fronteriza a cal y canto. Un ejemplo de ello es Chile.
Tras el triunfo de José Antonio Kast, ese país ha reforzado los controles en la frontera con Bolivia y Perú, por donde se metían la migración ilegal venezolana, haitiana y colombiana. Han cavado grandes fosas, puesto vallas y colocado retenes, así como se reforzó el patrullaje militar.
Un sector pide incluso que se mine la frontera y se usen drones militares para atacar a los migrantes indocumentados. Es comprensible. Ese país, como el Perú, ha visto cómo la criminalidad se incrementó con la llegada de extranjeros desde el Caribe. Ahora que no está Nicolás Maduro en el poder, el próximo gobierno (del de José Balcázar no se espera nada) debe establecer un convenio con Venezuela para repatriar a sus compatriotas y enviarles a sus delincuentes.
Según el general Víctor Revoredo, hay 3 mil 700 delincuentes venezolanos en las cárceles peruanas. El doble de esa cantidad deben estar libres secuestrando, extorsionando o matando peruanos. Entonces, primero cerrar las fronteras y luego vaciar nuestro país de la peor lacra que existe en la Tierra. Los peruanos no merecemos vivir con temor, encerrándonos en nuestras casas o rifándonos la vida en un bus. El próximo presidente tiene que solucionar el problema de la criminalidad en los próximos cinco años, sino seremos como México o Haití”. Gary tiene razón. Me voy, cuídense.








