Roberto Sánchez tras el conteo rápido de Ipsos y Datum
Roberto Sánchez tras el conteo rápido de Ipsos y Datum

Este Búho continúa con sus ojos bien abiertos para ver todos los detalles del proceso electoral por la segunda vuelta. La cosa está muy apretada y creo que se adelantó al dar un ‘balconazo’ en la plaza San Martín cuando la elección está muy reñida.

Pero una lectura rápida evidencia que los resultados revelan una profunda fractura entre Lima y la sierra sur. Son como dos países en uno. El sur vota siempre por la izquierda y contra el llamado ‘centralismo de la capital’. Lima y el norte suelen apoyar a candidatos que promueven el capitalismo y el libre mercado. ¿Qué está pasando?

Para empezar, un poco de data. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, Puno, donde Roberto Sánchez arrasó, tiene más de cuarenta por ciento de su población en pobreza y pobreza extrema. Es decir, cuatro de cada diez personas están en ese umbral. La explicación más fácil, en especial para los políticos de izquierda, es culpar a Lima.

La capital, para ellos, es la encarnación del mal y la explicación de su atraso. La narrativa señala que vienen los limeños, extraen los recursos del sur y se los llevan sin dejar nada. Pero eso es mentira.

En el Perú, los gobiernos regionales existen desde el año 2003, instaurados como parte de un proceso de descentralización para administrar cada uno de los departamentos del país y el Callao. Su misión principal es planificar el desarrollo integral y sostenible de su región, ejecutar obras de infraestructura pública, promover el crecimiento económico y gestionar servicios esenciales en coordinación con el gobierno central y las municipalidades.

Cada región tiene su gobernador y su consejo regional. Si las regiones son pobres, deberían culpar a sus propias autoridades.

Eso es así pero también hay una responsabilidad de los presidente de turno y del Congreso por no reestructurar el sistema que, se ve, no funciona y más bien es caldo de cultivo para la corrupción.

Igualmente, los hermanos del sur deberían mirar el espejo de Bolivia, un país destruido por un sistema instaurado por Evo Morales, que gobernó los últimos veinte años el país altiplánico, hoy inmerso en una profunda crisis.

Este sistema de clientelaje, dádivas, subsidios y de expropiaciones, solo ha traído atraso, desempleo, poca inversión y escasez. Hasta hace solo unos años, Bolivia tenía harto gas.

Morales impidió la entrada de empresas transnacionales para la explotación y producción de ese combustible. Hoy el gas se acabó y los bolivianos tienen que importar el recurso, así como la gasolina, para operar su industria y el parque automotor.

Con el último resultado de las elecciones del domingo 7 de junio, nuestra clase empresarial debería entrar en una profunda reflexión. Preguntarse qué está pasando en el sur. Y desarrollar trabajo ideológico y de estudio. No solo eso, promover empresas, hacer inversiones y llevar la modernidad y el crecimiento económico a esas regiones.

Que los del sur se vuelvan a sentir tan peruanos como los chalacos, limeños, liberteños o chiclayanos. Tenemos más de 200 años como nación y aún no podemos cerrar las brechas de desigualdad, exclusión y educación. Y desterrar el racismo y el clasismo infames que dividen a los peruanos entre blancos y cholos, pobres y ricos, letrados y analfabetos.

El color de la piel o el lugar en la sociedad no debería ser motivo para la burla, el desprecio o la exclusión. Eso debe acabar porque sino jamás seremos un país unido. Apago el televisor.

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