
Este Búho conversaba con una colega recién egresada de la universidad. Me cuestionaba por qué mi rechazo a Roberto Sánchez. En su clase de ética periodística, un profesor que jamás había pisado una sala de redacción le había hablado sobre la imparcialidad, una virtud que se supone inherente al periodista. Creo que no se puede ser imparcial si hay un candidato que amenaza destruir el estado de derecho, la democracia, expropiar, estatizar, acabar con la inversión privada, como lo escribió en su verdadero plan de gobierno, que es lo que vale y no el ‘maquillado’ que acaban de presentar para captar votos de los indecisos.
Sánchez es un personaje falso y sin escrúpulos, ha cultivado una alianza con Antauro Humala, el asesino de policías, a quien ahora esconde bajo la alfombra por pura estrategia. Sánchez admira a Evo Morales y a Nicolás Maduro, dos sátrapas que destruyeron Bolivia y Venezuela. Esos modelos ya fracasaron rotundamente.
No digo que Keiko sea la mejor candidata, pues ella ha trazado su carrera política a punta de venganzas y rencores, sin importarle que así perjudicaba la vida de los peruanos. Pero acá se trata del Perú y su futuro.
Nunca estaré del lado del comunismo, ese ismo que dinamita las libertades. Hace algunos años realicé un informe en el que contaba las historias de venezolanos que huyeron de su país en busca de mejores oportunidades. Soy hijo, padre y hermano y me puse en la piel de esos personajes que con mucha entereza decidieron contar a este diario la vida que vivieron en una Venezuela asaltada por la inflación, la delincuencia y la corrupción.
Fueron la voz de cientos de miles de profesionales que escaparon de un país carcomido hasta las tripas por la dictadura chavista, que bajo un modelo comunista se dedicó durante dos décadas a detonar la economía nacional, generando escasez, inflación y desempleo.
En el informe, los llaneros recordaron a la Venezuela próspera, generosa, en donde, trabajando honradamente, un profesional o un obrero podía comprarse su casita o su auto, además de poder brindarle una educación de calidad a sus hijos. Y en donde se podía hacer viajes familiares en las vacaciones y salir a comer los fines de semana. Por supuesto, una vida que cualquier ciudadano trabajador se merece. Pero esos ya son recuerdos que hoy los venezolanos asentados en Perú traen a la memoria con nostalgia.
Muchos, o la gran mayoría, en Perú terminaron ejerciendo de operarios de limpieza, de choferes, de vendedores ambulantes, de todo lo que se podía. Porque pese a la pobreza, había trabajo y se podía prosperar. Su situación en Perú era precaria, aunque mejor que en su país. La mayoría apenas ganaba el sueldo mínimo y con ello pagaban habitación, alimentos y los servicios básicos, pero, sobre todo, juntaban para enviar remesas mensuales a quienes todavía seguían resistiendo en su patria.
A pesar de la precariedad, aseguraban que aquí tenían más oportunidades para desarrollarse, para trabajar, para sobrevivir. Era dramático el relato de la joven médica cirujana, quien reveló que el principal motivo de su migración fue su crecimiento profesional. Allá, una especialización era imposible de costear, el sistema de salud es una lágrima y las oportunidades laborales son nulas.
Sin contar que el sueldo de un profesional de la salud puede bordear los 30 dólares mensuales. También fue conmovedor el testimonio de Oswaldo, un licenciado en Administración que con su sueldo podía darse el gusto de viajar constantemente al extranjero, comprarse la ropa que le gustara y comer donde quisiera.
Sin embargo, debido a la inflación, en pocos años su sueldo empezó a servir cada vez menos, hasta el punto de alcanzar apenas para un kilo de harina. Aquí era chofer de una empresa de fumigación, pero también vendió tizana, peló pollos e hizo taxi.
La ingeniera industrial Joselyn, otro personaje del informe, contó que para poder adquirir alimentos tenía que hacer una cola de dos días y muchas veces esa espera era en vano, pues los productos escaseaban. En Perú ha vendido pollo broaster y ropa. Apostillar sus documentos en Venezuela costaba tanto que prefirió migrar sin hacerlo, por eso aún no podía ejercer.
Soy padre. Sí, de dos niños, y ni en mis peores pesadillas espero verlos en una situación como la que afrontan los migrantes venezolanos, víctimas de un pensamiento del siglo pasado y que fracasó donde se impuso.
Por eso cualquier político que amenace con restringir las libertades de una nación debe ser mirado con sospecha, sea quien sea. A pesar de que luego pretenda moderarse para captar votos. Hay que detectarlos pronto para no repetir la historia venezolana o boliviana, la que empezó con un militar que juraba respetar la democracia y, finalmente, llevó a un país hermoso a la ruina. Frente a estas amenazas hay que tomar posición. No se puede ser tibio, ni blanco ni viciado. Apago el televisor.
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