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‘Los Inocentes’ de Oswaldo Reynoso

El Búho se emociona por el pronto estreno de la película ‘Los inocentes’ en los cines.
En 1961, en el bar Palermo, Oswaldo Reynoso presentó 'Los inocentes', el libro que lo ubicó en el epicentro de la crítica literaria. 57 años después, llega al teatro gracias a Sammy Zamalloa.

Este Búho lee con emoción que el 15 de octubre se estrenará en las salas de cines la película ‘Los inocentes’, inspirada en el libro del mismo nombre del escritor Oswaldo Reynoso. Esta cinta, dirigida por Germán Tejada, ya recorrió festivales internacionales y ha sido galardonada. Por eso su proyección en Perú ha generado expectativas. En pantalla grande veremos a ‘Cara de Ángel’, ‘Colorete’, ‘Carambola’, ‘Rosquita’ y el ‘Príncipe’.

El libro, publicado en 1961 con el nombre ‘Lima en Rock’, fue un remezón en la muy cucufata sociedad limeña de entonces. Para escribirla, Reynoso (1931 -2016) bebió de esa Lima urbana y oscura. Reynoso fue un narrador y poeta que, sobre todo, vivió obsesionado con la perfección de la palabra.

Fue un autor cercano a los jóvenes, a los que abría las puertas de su casa para aconsejarlos y guiarlos en el ingrato mundo de la literatura. Presentaba libros o escribía prólogos o los recomendaba en cada entrevista que concedía. Siempre pisó la calle, de donde se nutrió para sus más grandes creaciones.

Recuerdo verlo en el jirón Quilca, en el centro de Lima. A veces se instalaba en el bar Queirolo o en el desaparecido bar Don Lucho. Uno lo reconocía fácil: Era corpulento y de cabello blanco. En ‘Los inocentes’, el maestro retrató sin pudor a la sociedad limeña de los años 50. En sus obras volcó su mirada de aquella Lima sórdida y lumpen. Convirtió el lenguaje ramplón en lenguaje literario.

En esa época en que decir ‘gila’, ‘manyar’, ‘desahuevar’, ‘tombo’, ‘tono’ o hablar de la homosexualidad era satanizado por la sociedad y los intelectuales, el arequipeño causó un revuelo de magnitudes insospechadas con sus publicaciones.

En esas tardes de cervezas, Reynoso solía contar que cuando presentó ‘Los inocentes’, su más aclamado libro de cuentos, donde nacen los entrañables personajes ‘Cara de Ángel’, ‘Príncipe’, ‘Carambola’, ‘Colorete’ y ‘Rosquita’, se acercó con timidez hacia el poeta Martín Adán, quien estaba en un rincón del bar Palermo, y le entregó un ejemplar.

Tiempo después y muy preocupado, Adán le dijo: “Un escritor como usted va a sufrir mucho en el Perú”. Y no se equivocó. Reynoso fue casi criminalizado, apedreado. Sus libros eran prohibidos. Los muchachos tenían que leerlo a escondidas y comprarlos era casi vandalismo. Los críticos literarios eran salvajemente despiadados con él.

Oswaldo Reynoso decía, con mucho orgullo, que no pertenecía a la argolla literaria peruana, esa que se da palmaditas en la espalda y se reseñan entre ellos. Llegaron a tildar su creación como ‘páginas hediondas’ y que debían ‘arrojarse a la basura’. Aun así, se convirtió en un escritor de culto. Leerlo en aquellos años de calzones con bobos era un acto de rebeldía, una protesta contra el establishment. Y él disfrutaba, porque él también era un rebelde, un inconforme.

Su presencia en esa calle oscura y humeante que era Quilca, atiborrada de borrachos y vagabundos, de periodistas, de músicos, de estudiantes, de delincuentes y de perros hambrientos, generaba un aura de solemnidad divina: ‘Ahí va el maestro’, decían los muchachos. Y él, humilde, respondía a los saludos, sea quien sea. Parecía una oveja más del rebaño. Hizo de ese mundo sombrío la materia prima de su creación literaria.

Uno podía encontrar a los personajes de sus libros en esa calle o en cualquier otra donde imperaba la marginalidad. “Amo a mi país y el rostro de mi país es el rostro de la gente pobre, y yo escribo para ellos”, dijo alguna vez. Falleció un 25 de mayo de hace 10 años.

La noche de su muerte, recuerdo con claridad, fueron esos muchachos y personajes callejeros los que llenaron La Casa de la Literatura, lugar donde fue velado, para despedirse de él. Nadie lloró –o al menos nadie lo hizo en público-, pues Oswaldo Reynoso había hecho un pedido expreso: ‘Que sea una gran borrachera’.

Y esa noche en el centro de Lima corrieron ríos de cerveza en su honor. Reynoso, quien escribió: “No tengo nada que ver con la ‘cultura’ del espectáculo, del éxito, de la banalidad. Toda mi creación narrativa, anarquía estética y orgía de sensaciones siempre ha estado dirigida a los pobres de mi patria y a los chibolos que lloran encerrados en su dormitorio”, nunca encontró un corazón a la altura de su inocencia. Apago el televisor.

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