Este Búho visitó Cusco hace pocos días. He vuelto a esta ciudad hermosa, llena de historia, de magia, de energía ancestral. Esta vez con mis hijos. Siempre he creído que todo peruano primero debe recorrer y conocer su país, descubrir sus raíces, saber de sus antepasados, para después cruzar las fronteras. Parte de nuestra identidad se debería construir así: viajando.
Cuando mis jóvenes colegas se acercan a mi oficina y me piden recomendaciones de libros o películas, siempre al final de la conversación les resalto que viajar también es importante. Muy importante. Un maestro de la universidad, quien había recorrido no solo el Perú, sino el mundo, decía que un viaje equivalía a una maestría.
Cierto, porque viajando se derrumban prejuicios, esos prejuicios que germinan en la tiniebla de la ignorancia. Y la ignorancia es madre del racismo, de la discriminación, de la intolerancia. En Cusco uno puede palpar la majestuosidad de nuestros antepasados. Fue el ombligo desde donde se erigió un imperio de 300 años, con avances en astrología, metalurgia, arquitectura y agricultura que aún se estudian en el mundo.
Al aterrizar en Cusco, uno siente esa conexión de inmediato. La ciudad está llena de vestigios de una civilización que aún sigue enraizada profundamente en sus habitantes. Caminitos angostos y empedrados, paredes monumentales con bloques de piedras tan perfectamente esculpidas y calzadas como si hubieran sido labradas por el más reconocido escultor, casitas de adobe y quincha con techos de tejas. Aún están de pie las casonas virreinales, con patios amplios y piletas en el centro. Fueron 14 incas.
Pero el verdadero transformador del imperio fue Pachacútec. Fue quien expandió y organizó el imperio en los cuatro suyos. Además de ser artífice de las grandes construcciones y de todo lo que el turista aún puede ver hoy. Por ejemplo, en el corazón de la ciudad está el Coricancha, el templo religioso más importante de la época incaica. Llegué con mis hijos un domingo por la noche.
Mientras el avión aterrizaba por la ventana se podía ver una ciudad extensa, interminable. Muy distinto desde la primera vez que vine, hace más de veinte años. Hoy ha crecido en todos los extremos. Lo que antes eran bosques de eucaliptos, ahora son casitas humildes con techos de calamina. El turismo, el principal motor económico de Cusco, ha impulsado sin control ese crecimiento urbano.
A la mañana siguiente, desde otra ventana, la del hotel, un sol radiante despuntaba desde las montañas cusqueñas. El bullicio en la calle daba cuenta de una sociedad que empieza sus labores desde las 5 de la mañana, si no es antes. Los puestitos de emoliente y ponche se disgregan por toda la ciudad. El mercado San Pedro es una parada obligatoria para el desayuno, con sus panes con queso y sus jugos de frutas naturales. Y lo mejor de todo, a precios supereconómicos.
Los guías recomiendan el primer día para aclimatarse, pues son casi 3500 metros de altura sobre el nivel del mar. El soroche es un problema serio para los visitantes. Entonces, se puede caminar con paciencia por la bella Plaza de Armas, conocer los distintos museos, las iglesias, observar los balcones coloniales de estilo barroco, darse una vuelta por San Blas, tomarse un cafecito con granos de Quillabamba y probar el famoso pan chapla. Es lo que hicimos con mis hijos, tan sorprendidos por lo que descubrían en cada esquina.
Pero lo bueno estaba por llegar. Al día siguiente, el city tour empezó en Sacsayhuamán, un complejo arquitectónico a pocos minutos de la urbe. Aquí uno es testigo de ese maravilloso talento para la construcción que tenían nuestros ancestros. Cada piedra encaja perfectamente sobre otra. No queda rendija por donde pueda entrar siquiera una aguja. Hasta se dieron el gusto de formar figuras: como la pata de un puma.
Se pensó primero que este lugar era un fortín de batalla por sus muros altos, luego se descubrió que, más bien, fue un templo ceremonial. Hasta el día de hoy se festeja el Inti Raymi o la Fiesta del Sol. ¿Papá, y cómo pusieron esas rocas enormes una sobre otras?, me preguntó mi hijo. Y esa es una pregunta que aún no tiene respuesta para los mismos arqueólogos y se considera una proeza humana.
Incluso se ha descubierto una red de túneles que conecta Sacsayhuamán con el Coricancha. Esto da cuenta, eso sí, de una cultura avanzada, con métodos y técnicas que ni siquiera en la modernidad se ha podido descifrar. Algunos desquiciados dicen que son obras de los extraterrestres, para despreciar la grandeza de nuestros antepasados.
Por suerte, toda la semana que recorrimos Cusco el calorcito nos acompañó. El aire de provincia no solo purifica los pulmones, sino el alma. El color azul intenso del cielo es sobrecogedor e hipnotiza a los que estamos acostumbrados al cielo gris limeño. Cada paso pesa el doble, pero la satisfacción de caminar sobre esta tierra milenaria, llena de historia, nos da ánimos para continuar. Porque el viaje todavía continúa. Apago el televisor.
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