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El Búho con sus hijos en el Cusco (II)

El Búho nos vuelve a contar su viaje por Cusco junto a sus engreídos y todo lo que aprendieron.

Este Búho les contaba el domingo pasado sobre el hermoso viaje a Cusco que hice con mis hijitos. Visitamos el mercado San Pedro para un juguito natural con su pancito chapla, pero también disfrutamos de las novedosas y sofisticadas propuestas gastronómicas en la, quizás, ciudad más cosmopolita del Perú.

Cusco se ha convertido en una urbe con muchos contrastes. Uno encuentra humildes carretillas con gastronomía tradicional y a la vez restaurantes 5 tenedores que abrieron chefs de reconocimiento mundial. Presentan platos innovadores que combinan insumos autóctonos en preparaciones sofisticadas. Así como sus hostales desde 40 soles, muy limpios y acogedores, y hoteles de lujo con vistas a la plaza y grandes tiendas de joyas en su interior. Pasa lo mismo con los medios de transporte.

Por ejemplo, el tren local para los nacionales, en donde uno viaja apretado, incómodo, pero con un costo de 12 soles por tramo. Y hay otros trenes, los turísticos, que van desde los 50 o 60 dólares por tramo hasta los 500 y 600 dólares, en donde tienes música en vivo, meseros con corbatas michi y con refil de whisky y champán. No importa en cuál vaya, el viajero tendrá las mismas vistas del paisaje. En la ruta van apareciendo pequeños pueblitos con casas de adobe y quincha techados con tejas.

El cielo cusqueño no tiene comparación cuando está despejado, pero tampoco tiene compasión cuando se abre y desata una lluvia torrencial que puede durar un día completo o apenas dos minutos. Y entonces, desde la tierra, desde la vegetación, se esparce ese olor que no se puede describir pero que todos conocemos.

Mis hijos abrían los ojitos sorprendidos por esas enormes montañas que poco a poco iban mutando. Primero secas por el calor del verano y unas horas después espesas, cargadas de árboles a medida que entrábamos a la selva. Siempre acompañados por el río Vilcanota. El destino: Aguas Calientes. Aguas Calientes es un pueblo ubicado en la falda de Machu Picchu.

Es el punto de partida para subir a la ciudadela de Machu Picchu. En estos tiempos es necesario comprar las entradas con meses de anticipación, porque es un destino demasiado solicitado por turistas nacionales y extranjeros. Conocer Machu Picchu debería ser una obligación cívica.

Allí uno aprende que nuestros antepasados fueron seres excepcionales, que labraron la piedra con precisión de cirujano, que convirtieron una montaña inhóspita en una ciudad moderna para su época. Fue una sociedad bien constituida, con jerarquías establecidas y respetadas. Aprovecharon el sol, la luna, el viento, el agua, para sus rituales religiosos y para su principal actividad de subsistencia: la agricultura.

Ubicar la ciudadela en la cima de esa montaña se debía a una estrategia de defensa, por algo los españoles nunca llegaron. Sin embargo, su finalidad fue recreativa y educativa. Allí se instruía a los jóvenes y los incas se tomaban periodos de descanso. Se enseña a nuestros escolares que su descubridor fue el norteamericano Hiram Bingham en 1911, pero se sabe que muchos años antes esta ciudadela ya era conocida por las personas que vivían en pueblos cercanos. Se sabe que primero llegó a Machu Picchu Agustín Lizárraga en 1902.

Es lamentable que en los últimos años muchos turistas le pongan más atención al selfie que a las explicaciones de los guías. Y es mucho más lamentable que una gran cantidad de guías se aprovechen de eso para ofrecer un servicio deficiente y se dediquen sobre todo a ser fotógrafos.

Las ruinas de Machu Picchu se siguen estudiando, su complejidad continúa asombrando a los arqueólogos e historiadores. Machu significa ‘viejo’ y Picchu ‘montaña’. Esta custodiado por el Huayna Picchu. Huayna significa ‘joven’. Los peruanos deberíamos rechazar esas teorías absurdas que aseguran que Machu Picchu fue construida por extraterrestres, y más bien debemos alentar las que señalan que la cultura incaica fue tan o más desarrollada que la egipcia o griega, a pesar de que su apogeo duró apenas 100 años.

Cuando tengo la oportunidad de conversar con colegas que se inician en este oficio, trato de motivarlos para que se levanten de sus asientos, salgan de la oficina y pisen la calle o, en la medida de sus posibilidades, viajen. Un viaje nos hace periodistas más sensibles, más humanos. Viajar nos hace ver la realidad desde una perspectiva más amplia y menos ajena. Lo mismo les expliqué a mis ‘cachorros’ totalmente sorprendidos por lo que veían.

A pesar de las explicaciones del guía, no podían creer que en la punta de una montaña se haya podido erigir tremenda ciudad de piedra, tan bien organizada, con canales fluviales que distribuían el agua a cada rincón, con andenerías para sembrar sus alimentos y templos para adorar a sus dioses.

Me preguntaron: ‘¿Papá, todo eso hicieron nuestros ancestros?’. Les respondí: ‘Así es, por eso debemos estar orgullosos de lo que somos, de nuestras raíces. Pocas culturas como la inca levantaron un imperio que hasta hoy es admirado’. Apago el televisor.

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