Américo Pascuala Tomisha, líder indígena ashéninka y exjefe de la Comunidad Nativa Onconashari en Yúrua, fue asesinado el domingo 23 de agosto. Foto: difusión
Américo Pascuala Tomisha, líder indígena ashéninka y exjefe de la Comunidad Nativa Onconashari en Yúrua, fue asesinado el domingo 23 de agosto. Foto: difusión

Este Búho lo dice con todas sus letras: la selva peruana es territorio liberado. Nuestros compatriotas de esas zonas viven bajo la ley de la bala. Gobiernan las grandes mafias de minería ilegal, tala, trata de personas y narcotráfico. La Policía no existe. Hasta los mismos soldados patrullan con miedo. Hay que decirlo, claro y directo. Escribo con sangre en los ojos, luego de leer sobre el

El jefe de la comunidad nativa Onconashari, en Ucayali, fue atacado durante un patrullaje al sorprender a mafiosos extrayendo aceite de copaiba en su territorio, según últimos reportes. No hay culpables. Ni habrá. Porque en esas zonas la justicia es de y para las organizaciones criminales.

Las secuelas de estas economías son irreversibles, matan a nuestros compatriotas, depredan los bosques, contaminan los ríos. Alguna vez, en un viaje que nunca olvidaré, mientras nos dábamos un chapuzón en las aguas del Huallaga con los compañeros de ruta, vimos cómo una mancha negra y espesa se iba con la corriente. Pronto supimos que eran restos de relave. Entonces, nos habíamos internado a dos horas de Yurimaguas, en una comunidad nativa llamada Esperanza.

Un nombre ‘anecdótico’, pues lo último que conservaban los pobladores de aquel pueblo era eso, la esperanza. A dos horas de la ciudad y a orillas de un río, no tenían agua potable, no tenían luz ni acceso a Internet. Servicios básicos para una vida de calidad. Las economías ilegales además de destruir sus tierras de cultivo hacían de su principal fuente de vida, el río, un caudal venenoso.

Con los amigos de aquellos años veíamos sorprendidos cómo la selva se iba convirtiendo de espesa vegetación a campos pelados y secos. Cada ciertos kilómetros, mientras avanzábamos con nuestra lancha, observamos cómo llegaban al Huallaga vertientes de aguas oscuras que salían de entre los árboles y contaminaban el río.

Era toda esa basura tóxica que los mineros ilegales utilizaban para conseguir minerales y que luego, sin más control, desechaban. Cada tanto nos cruzábamos con embarcaciones que transportaban montañas y montañas de troncos.

Años después, en otro viaje por el Amazonas y luego en el Ucayali, vi las mismas escenas de terror. Nada había cambiado. Hace algunos meses, conversando con un muchachito que se fue a la selva a trabajar como minero informal me comentó que estos son lugares en donde la vida no vale nada. ‘Duermes con un ojo cerrado y otro abierto’. Viven al límite, pero eso sí, las ganancias son jugosas y es lo que los motiva a ser parte de esta cadena.

“En una semana puedes ganar hasta diez mil soles si trabajas parejo”, me dijo. Estas actividades no son nuevas, todos lo sabemos. Lo que sí sorprende es que cada vez más políticos son financiados por estos criminales. y hoy podemos ver congresistas que representan en el Parlamento a estas lacras. Ahora son parte de nuestras instituciones y legislan a favor de estas actividades que día a día destruyen nuestro ecosistema y matan a nuestros compatriotas.

Lugares como La Pampa o Tambopata, por mencionar algunos, son tierra de nadie, en donde la prostitución infantil y la venta de droga se hacen a la luz del día. La bandera del nuevo Gobierno era luchar implacablemente contra la delincuencia. No veo ni señales. Apago el televisor.

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