Jeremías Gamboa, 'Animales luminosos'. (@gec)
Jeremías Gamboa, 'Animales luminosos'. (@gec)

Este Búho se emociona cuando un escritor peruano trasciende fronteras por sus obras. Esta vez le tocó a , un novelista sólido, maduro, que ha encontrado en sus raíces y en su propia historia la materia prima de sus libros. Hace unos días, el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, recomendó su novela ‘Animales luminosos’.

“Hoy que se habla mucho de migración y de regularización de migrantes, hay un escritor peruano que se llama Jeremías Gamboa y tiene un libro maravilloso: ‘Animales luminosos’. Lo recomiendo porque realmente es una aproximación a la migración que merece la pena leer porque es un ejercicio total de empatía el que uno tiene con el autor cuando lee este libro”, dijo Sánchez en un video.

Y estoy de acuerdo con el mandatario. Cuando leí ‘Animales luminosos’ me pareció uno de esos grandes descubrimientos. Y no lo digo solo por la destreza con que el autor utiliza el lenguaje, sino por los temas que enfrenta, como la migración, el choque cultural, el frenesí de la adolescencia americana, el descubrimiento, las hormonas.

El miedo al pasado, a un país, a una sociedad racista, que discrimina, abusa, humilla y espanta a los más pobres, a los cholos.

La novela se ambienta en Colorado, Estados Unidos, hasta donde ha llegado Ismael Alaya, un joven ayacuchano que cursa -gracias a una beca- una maestría en Literatura en la Universidad de Colorado en Boulder. Introvertido, inseguro, con miedo, carga una mochila pesada: su vida en Perú. Le cuesta reconocer y revelar su pasado, quizá porque está lleno de vejaciones, atropellos y desilusiones. Se ha establecido en un país que aún le es ajeno, inmenso, que lo desborda, pero en donde quiere echar raíces y construir su futuro.

Una noche, luego de un almuerzo con Nate, quien se convertirá en su mejor amigo, iniciará un recorrido por la salvaje vida nocturna universitaria. Entre alcohol, drogas y chicas semidesnudas, conocerá las entrañas de Norteamérica, o parte de ella.

La que solo había visto en películas. “Un país de locos”, en donde “se le impide a un chico menor de veintiún años comprar alcohol, pero sí rifles”. Esa en donde el desenfreno, las mezcolanzas raciales, la visión del mundo más allá de sus fronteras es exótico y surrealista.

Ismael y Nate saltarán de bar en bar mientras van descubriéndose. Nate, un hippie, veinteañero, simpático, sufre por el amor de Margaret, una compañera de clase que le acepta sus insinuaciones a pesar de tener novio. Él la ama, pero está atado porque ella parece no verlo con las mismas intenciones. Ella tiene, en otro Estado, una vida privilegiada, una familia conservadora, una pareja del mismo nivel social y económico. Y no piensa dejar aquello por el hippie. Tampoco se lo permitirían.

Es la ‘diferencia’, así definirá Nate a ese abismo entre ambos y que pronto Ismael reconocerá como un drama común en su país tercermundista. Irán por la noche acompañados de Todd, un apuesto gringo amante de la cultura sudamericana, y Nico, un colombiano que llegó muy niño a Norteamérica.

Ismael se sentirá parte de aquella ‘manchita’, que lo recibe con entusiasmo y confianza. Pero, a pesar de ello, no logrará abrirse, mostrarse transparente y muchas veces será cortante cuando sus compañeros intenten saber más de él. Y es con la bella Josefina, una venezolana radicada en Estados Unidos, una migrante como él, con quien Ismael se revelará. También motivado por la atracción que tendrá hacia ella y por las cervezas que ya ‘treparon’. Entonces conoceremos al hombre con sus miedos y sus sueños.

“Quería dedicar mi vida a leer y eso es absolutamente imposible en el país del que vengo (…). Yo lo que quería era leer a todas horas, leer sin parar, leer siempre (…). Y se supone que este sistema académico te permite hacer eso”. Encantado por esos hermosos ojos oscuros, Ismael por fin dejará conocer sus orígenes andinos, sus intenciones de quedarse a vivir en Norteamérica, la rabia contra su país y, en consecuencia, con aquella sociedad que se estancó en la época del colonialismo y en donde no hay oportunidades para una persona como él, por muy talentoso que sea.

Entre flirteos, Ismael se dará cuenta que esa noche, esa noche salvaje, fría, llena de claroscuros, por fin ha echado raíces sobre aquellas tierras porque empezará a construir ‘los recuerdos de su futuro’. Tremendo libro. Apago el televisor.

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