
La sensación de cansancio, los resfriados repetitivos o una lenta recuperación pueden ser señales de un sistema inmunológico debilitado. Aunque solemos atribuirlo al clima o al estrés ocasional, lo cierto es que muchos hábitos cotidianos, aparentemente inofensivos, están afectando nuestras defensas sin que lo notemos.
Dormir mal es uno de los factores más determinantes. “El cuerpo necesita entre siete y ocho horas de sueño de calidad para mantener una respuesta inmune eficiente”, explica el médico internista Lorenzo Niño.
A esto se suma el consumo excesivo de alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares y grasas, que generan inflamación crónica. “Una dieta pobre en nutrientes limita la producción de células de defensa”, añade.
ESTRÉS Y SEDENTARISMO
El sedentarismo también pasa factura. Según Niño, “la actividad física moderada estimula el sistema inmunológico, mientras que la inactividad lo vuelve más vulnerable”. Otro enemigo silencioso es el estrés prolongado. “El cortisol elevado de forma constante reduce la capacidad del organismo para combatir infecciones”, advierte.

Hábitos como el tabaco o el consumo frecuente de alcohol pueden debilitar aún más las defensas. Identificar y corregir estos comportamientos es clave para fortalecer el organismo y prevenir enfermedades.










