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Liliana Flores Hilario y sus dos caras poéticas: la jungla de “Criaturas” y la melancolía de “Trébol”

Estos libros muestran dos facetas de la autora: una poesía que recurre a la animalidad para retratar la vida como supervivencia y otra donde el dolor íntimo se convierte en materia del poema.
(Difusión)

Publicado en 2025 por la editorial Búho Eléctrico, “Criaturas” de Liliana Flores Hilario es un poemario que indaga en la condición humana a partir de un imaginario animal. El libro está acompañado por las ilustraciones de Daniel Maguiña que refuerzan el tono simbólico de los poemas. Dividido en cinco partes (Cacería en la ciudad, Soledad en la arena, Cartografías del deseo animal, Destinos salvajes y Animal, luego existo), el libro propone un recorrido donde lo humano y lo salvaje se entrelazan constantemente.

En “Cacería en la ciudad”, la vida urbana es presentada como un territorio hostil, casi una jungla moderna donde las jerarquías sociales y materiales reemplazan cualquier sentido de humanidad. La voz poética formula preguntas que revelan un profundo desencanto: “Tal vez la vida es… ¿un cementerio de vivos? / ¿un lago de estiércol? / ¿una fosa de leones?”. Desde el inicio, los animales aparecen como figuras simbólicas que permiten leer la ciudad como un espacio de depredación y supervivencia.

La segunda parte, “Soledad en la arena”, intensifica esa lógica natural trasladando la escena al desierto. Allí, el yo poético se convierte prácticamente en una presa: “Atravieso el desierto / Corro 70 km/h y no llego / El leopardo acecha”. La persecución y la cercanía del oasis refuerzan la idea de un mundo regido por instintos primarios. Los animales no son solo metáforas: representan fuerzas de acecho, velocidad o violencia que revelan la fragilidad del ser humano frente a la naturaleza.

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En “Cartografías del deseo animal” y “Destinos salvajes”, el poemario adquiere un tono más reflexivo. El deseo se presenta como una experiencia contemplativa (“Contemplo sin palpar, sin oler”) mientras el paso del tiempo aparece como una fuerza que arrastra a todos los seres hacia la desaparición: “Así desaparecemos / con la violencia del tiempo / y sin misericordia”. La animalidad se vuelve una forma de pensar los impulsos y las pérdidas que atraviesan la existencia.

La sección final, “Animal, luego existo”, condensa la propuesta del libro: el reconocimiento de la propia condición animal. “La noche me acorrala / con fauces de hiena en la sabana”, escribe Flores Hilario. En este cierre, la poesía asume que también forma parte de ese mundo salvaje que el libro ha ido construyendo. Así, “Criaturas” se convierte en un poemario donde los animales no son simples figuras decorativas, sino espejos simbólicos de una humanidad que aún late bajo sus instintos más primarios.

TRÉBOL

El poemario “Trébol” (2024), de Flores Hilario, publicado por Voces Múltiples, se organiza en cuatro secciones (Vita, Tristitia, Fidem y Fortuna), cuyos títulos en latín trazan un recorrido emocional marcado por la introspección. Desde sus primeros poemas se percibe una voz que explora la fragilidad afectiva y el desencanto, pero también la relación íntima entre la experiencia vivida y la escritura.

Uno de los ejes del libro es la idea de que la poesía nace del dolor. En “Desierto” escribe: “Desprecien mis ojos, mis manos, mi alma, mi poesía / desde el dolor, la decepción y la resignación / se escribe mejor”. Esta afirmación funciona como una suerte de poética: el sufrimiento se vuelve materia del poema. Sin embargo, la autora también sugiere la distancia entre experiencia y palabra cuando en “Efímero” suelta: “El poema está lejano”.

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La tristeza recorre el libro con imágenes que vinculan lo íntimo con el paisaje. En “Tristeza”, por ejemplo, Flores Hilario escribe: “Mi tristeza tiene el color de los cerros de Lima”, imagen que traslada la melancolía al horizonte gris y polvoriento de la ciudad. Algo similar ocurre en “Garúa”, donde el desgaste emocional aparece en versos como: “Los geranios del balcón / no han muerto de golpe / y estoy cansada de soñar / amr, el amor, sin vivir”.

En otros poemas, el dolor se manifiesta incluso de manera física. En “Blanco y negro”, leemos: “un dolor agudo estremece mi estómago / me hace andar a tientas / y no soy yo”. Este tono recuerda por momentos la sensibilidad de Juan Gonzalo Rose, especialmente en la forma en que la tristeza invade tanto el cuerpo como la percepción del mundo.

A lo largo de “Trébol”, las imágenes de encierro, desgaste y tiempo detenido construyen una atmósfera persistente. En “Penumbra”, la voz abre “las ventanas sombrías” mientras “las rejas aprisionaban mi espíritu de gaviota”, y en “Castillo de arena” el tiempo parece descomponerse: “Ahora la mañana sin día / la tarde bosteza de noche / la noche se aflige sin alba”.

El libro configura una poesía confesional donde Flores Hilario explora el desencanto y la vulnerabilidad, pero también la necesidad de la palabra para nombrar esa experiencia.

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