La economía y la literatura parecen mundos distantes, pero Yasser Zola logró unirlos a través de la literatura. Economista de profesión, su verdadera voz apareció hace diez años en los talleres del Fondo de Cultura Económica (FCE); allí, lo que era una inquietud lejana se transformó en un oficio.
A partir de ese primer impulso, y bajo influencias tan distintas como la prosa de Pilar Dughi y el lirismo de Ray Bradbury, el escritor peruano fue construyendo una voz propia que oscila entre lo directo y lo poético.
Sin embargo, el camino hacia la publicación no fue inmediata. Entre rechazos editoriales, el silencio habitual de la industria, retroalimentación constante de parte de muy buenos amigos, su escritura fue madurando hasta desprenderse de cierta solemnidad inicial. Ese quiebre, impulsado por la idea de escribir sin esperar validación, lo llevó a explorar el terror y el erotismo como géneros y a escribir relatos que incomodan, tensionan y cuestionan, como los que componen “Cuerpos ajenos” (Dendro, 2025).
Arranquemos por aquí: eres economista de formación. ¿En qué momento aparece la escritura?
Yo soy bachiller en Economía, esa es mi formación, pero hace unos ocho o nueve años me metí a un taller de escritura creativa en el Fondo de Cultura Económica.
¿Fue curiosidad o ya había una inquietud previa?
Había una inquietud, porque yo siempre he leído mucho. Eso sí es parte de mí, pero no escribía en serio, digamos. El taller fue el primer espacio donde me lo tomé más en serio.
¿Y qué te dejó ese primer taller?
Mucho. Sobre todo, una idea clave: si no sabes cómo empezar, imita a un autor. No copiar, sino imitar el estilo para encontrar tu voz.
Eso es interesante, porque a veces se sataniza la “imitación”.
Claro, pero es un punto de partida. En mi caso, yo estaba muy obsesionado con Pilar Dughi. Me encantaba su forma de escribir: limpia, directa y sin palabras de más. No se extiende, no adorna innecesariamente, pero igual dice mucho. Y eso me marcó bastante.
Pero tu libro también tiene un componente más lírico, ¿no?
Sí, ahí entra otra influencia: Ray Bradbury. Él tiene algo más poético en su prosa. Entonces, lo que hice fue mezclar ambas cosas: la limpieza de Dughi con cierto lirismo.
A partir de ese taller de escritura creativa, ¿fue lo que te llevó a publicar “Cuerpos ajenos”?
Sí, aunque no fue inmediato. Escribí un primer cuentario que trataba temas como el clasismo y el racismo desde una perspectiva de clase media, que es la mía. Lo envié a un par de editoriales
¿Y?
Nada. No pasó absolutamente nada. Ni respuesta.
El clásico silencio editorial.
Tal cual. Y eso frustra, porque ni siquiera sabes si lo leyeron.
¿Pensaste en dejarlo ahí?
No, porque seguíamos escribiendo. Seguíamos reuniéndonos como grupo, leyendo nuestros textos y dándonos retroalimentación. Eso fue clave en mi formación.
En algún momento, una amiga me dijo algo que me cambió: “¿Quién te está esperando? Nadie. Diviértete y publica”. Yo estaba guardando mis textos como si fueran un tesoro. Decidí soltarme y me propuse escribir cuentos de terror. De ahí nace “La boca”, uno de los cuentos del libro.
Hablando del cuento “La boca” es un relato muy fuerte. ¿Buscabas incomodar al lector?
En ese caso, sí. Quería que fuera disruptivo, sobre todo por la dimensión sexual, pero trabajé la metáfora para que no fuera vulgar. El resto de los cuentos no los escribí con la intención de incomodar, sino de explorar el género del terror o lo inquietante.
Yo describiría el libro como un “terror erótico”.
Puede tener varias acepciones, una de ellas puede ser esa.
En “Cuerpos ajenos” también hay violencia y deseo. Los personajes no son “correctos”.
Quería personajes reales. No me interesa idealizarlos. Son personas que reaccionan desde sus impulsos, incluso desde la crueldad o la venganza.
Además, tomé una decisión consciente: que todos los personajes fueran gays. ¿Por qué no? Durante años hemos leído literatura donde todos los personajes son heterosexuales. Esto es simplemente ampliar el panorama.
También quería que el deseo homosexual aparezca de forma explícita. Muchos autores no tienen problema en escribir deseo heterosexual explícito, entonces, ¿por qué ocultar este? Para mí hay una dimensión política ahí: mostrar lo que existe. Si no lo muestras, contribuyes a que siga siendo visto como algo extraño.
El cuerpo es central en tus cuentos. ¿Cómo construyes la relación entre cuerpo y poder?
Tiene que ver con mi propio proceso de aceptación como hombre gay. Aceptar que mi deseo no es una aberración. Cuando aceptas tu cuerpo y tu deseo, eso te da poder.
El cuerpo es un campo de batalla social: es deseo e intercambio. Vivimos en un sistema donde el cuerpo se usa como capital. Hay relaciones que son claramente transaccionales. Eso no es exclusivo de una comunidad, es algo estructural.
Además, está el tema de la invasión del cuerpo, muy presente en el terror: posesión, violencia y control. Todo eso atraviesa mis cuentos.
¿Te preocupa que encasillen tu obra como literatura LGTBIQ+?
Es inevitable. El libro tiene personajes gays, así que se puede catalogar así. Sin embargo, me gustaría que lo lea cualquier persona.
El problema no es la etiqueta en sí, sino que eso limite a los lectores. Ojalá alguien lo lea y diga: “Esto es una buena historia”, más allá de la categoría. Si dependiera de mí, lo pondría en terror, para que tenga un alcance más amplio.
¿Sientes que escribes para ti mismo?
Sí, totalmente. Uno escribe para entenderse. Yo estoy tratando de entender la persona que fui. La ficción me permite procesar mis miedos, mis deseos, incluso mis impulsos de venganza: es una forma de exploración personal.
Si un escritor se cuida demasiado, no está escribiendo de verdad. Hay que exponerse.
¿Qué crees que aún no se está contando en la literatura LGTBIQ+ peruana?
No puedo hablar por todos, solo por mí. Yo escribo desde mi experiencia. Creo que falta explorar más lo íntimo, lo incómodo y lo contradictorio. No quedarse en lo superficial o en el victimismo; hay que mostrar procesos, traumas y reacciones.
En mi caso, fue después que alguien me dijo que en mi libro había mucho trauma. Yo no lo había pensado así, pero es cierto. El miedo al rechazo, al ridículo, al señalamiento, todo eso marca.
Para cerrar: ¿qué es para ti escribir?
Es una necesidad. Escribir es sacar lo que llevas dentro, aunque incomode. Si no eres vulnerable, no estás escribiendo de verdad.
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