El escritor e historiador Francisco León publica la novela "El alma de los muertos".
El escritor e historiador Francisco León publica la novela "El alma de los muertos".

Hay novelas que cuentan una historia y otras que parecen empeñadas en construir un mundo entero. “El alma de los muertos”, de Francisco León, pertenece a las segundas. En sus casi 700 páginas, el escritor, historiador y músico levanta un país que no existe, pero que resulta familiar: un territorio donde caben las costumbres, los conflictos, las comidas, los mitos y las miserias que reconocemos como nuestras.

Si algo sorprende en esta novela es que sus muertos no son los únicos que regresan. También vuelven las viejas historias que pasan de abuelos a nietos, las supersticiones que sobreviven a la modernidad y esos personajes que pertenecen a una zona donde la fantasía y la realidad dejan de pelearse. Lo sobrenatural no funciona como adorno: forma parte de la manera en que sus habitantes entienden el mundo.

“El alma de los muertos” no pretende reconstruir literalmente la historia del Perú, sino inventar otro país para obligarnos a reconocer el nuestro. Racismo, misoginia, fanatismo religioso, ambición y abuso del poder atraviesan sus páginas, incluso cuando quienes los encarnan pueden ser, al mismo tiempo, monstruos y seres capaces de ternura.

León no cree en personajes buenos ni malos: para él, la humanidad está hecha de esa mezcla incómoda. La ficción, además, le permite devolverle “carne, sangre y emociones” a una historia que muchas veces termina convertida en fechas y conceptos.

Su apuesta es directa: construir un mundo capaz de sacudir al lector y dejarle una pregunta difícil cuando cierre la última página: ¿Qué hacemos con un país que parece condenado a repetir sus propias taras?

Lo primero que quería preguntarte es por ese país que aparece en la novela. No existe como tal, pero recuerda al Perú. ¿Qué ventajas te dio inventar un territorio propio en vez de remitirte a nuestra historia, siendo además historiador?

Me dio muchísimas ventajas. Sobre todo en el plano de la fantasía. Crear un territorio ficticio te da una elasticidad que la historia dura no siempre permite. Hay cosas que, si las colocas en un contexto estrictamente histórico, dejan de ser creíbles o empiezan a chirriar. En cambio, con un territorio inventado puedes mezclar elementos, exagerarlos, deformarlos, hacer lo que necesites para la novela.

Algo muy Faulkner, ¿no?

Exactamente. Faulkner fue fundamental para eso. También Rulfo; ellos entendieron que inventar un espacio propio te permite construir un universo coherente con sus propias reglas.

Además, si hubieras dicho “esto ocurre en el Perú”, tendrías que situarlo en una región concreta.

Claro. Tendría que decidir si es costa, sierra o selva. En cambio, este territorio me permitió que convivieran elementos de las tres regiones: mitos, comidas, tradiciones, formas de hablar, incluso el consumo de ciertas sustancias. Hay un chamán que piccha hoja de coca, pero también consume simora, que es algo muy asociado a Piura y que Miguel Gutiérrez menciona en “La violencia del tiempo”. Todo eso puede coexistir porque el territorio es ficticio.

Y esa convivencia se extiende también a lo sobrenatural. En la novela aparecen virreyes, sacerdotes, demonios, apariciones. Lo fantástico tiene el mismo peso que los hechos históricos.

Porque así entendemos la realidad los latinoamericanos. Lo mítico no está fuera de la realidad; forma parte de ella. Tú vas a cualquier pueblo del Perú y alguien te termina contando del hombre sin cabeza, de la mujer de blanco, de la mona, de la cola…

Portada de "El alma de los muertos", obra del artista cusqueño Alberto Quintanilla.
Portada de "El alma de los muertos", obra del artista cusqueño Alberto Quintanilla.

La mona me la contaba mi abuela.

A mí también. No se contaba como una fantasía separada de la vida cotidiana, sino como algo que podía ocurrir. Esa es nuestra forma de construir la realidad: desde el mito, desde lo mágico, desde lo irreal que termina siendo profundamente real para quienes lo viven.

Entonces querías que demonios y virreyes convivieran naturalmente.

Sí, porque nuestra realidad es mágica. No en el sentido turístico del término, sino en que está atravesada por relatos, supersticiones, apariciones y creencias que condicionan cómo vemos el mundo.

Hablando de esos relatos, hay un trabajo muy minucioso con la tradición oral. ¿Qué tanto de lo que aparece en la novela proviene de historias reales y qué tanto inventaste?

Diría que un setenta por ciento viene de relatos reales y un treinta por ciento es invención mía. Encontré muchas cosas cuando investigaba en Yapatera, una antigua hacienda vinculada a mi familia. El Macanche también pertenece al imaginario popular.

O sea, la novela está muy alimentada por lo que te fue contando la gente.

Totalmente. En Cusco, Abancay, Piura me fueron contando muchísimas historias. Hay una escena donde le dicen a un personaje que ponga un jabón, un espejo y un peine a los pies de la cama para detener al demonio. Eso me lo contó el artista Alberto Quintanilla como una tradición cusqueña: el espejo se vuelve laguna, el peine se vuelve espinas y el jabón hace resbalar al diablo.

Y también hay historias familiares.

Sí. Lo del árbol que explota me lo contaba mi abuela para asustarnos. Decía que a su hermano, que era muy borracho, un árbol le habló, le disparó y explotó delante de él. Yo crecí escuchando esas cosas.

¿La novela nació entonces de esa memoria familiar?

En realidad nació de un proyecto de genealogía familiar que nunca terminé. Empecé investigando a los León, recopilando historias, documentos, anécdotas, y poco a poco todo se fue mezclando con cuentos que había escrito antes. Uno de esos cuentos, sobre una posta médica y una aparición relacionada con la cola, terminó convirtiéndose en un capítulo de la novela.

Y en medio de todo eso aparece una ironía muy marcada.

Porque quería burlarme de todo: de la genealogía, del país, de mi familia, de mí mismo. Creo que a la literatura peruana le falta mucho sentido del humor.

Da la impresión de que aquí muchos escritores sienten que tienen que ser solemnes.

Exacto. Todos quieren posar de serios, muchos escritores quieren ser la fotocopia de Vargas Llosa. Y la verdad es que la única manera de no ponerse a llorar viendo el Perú es siendo un poco irónico.

Esa ironía convive además con un erotismo bastante fuerte, algo que tampoco es tan frecuente en nuestra narrativa contemporánea.

Sí, varias personas me han dicho que la novela les parece muy fuerte en ese aspecto. Pero yo siempre me pregunto: ¿quién decidió de qué puede tratar la literatura peruana? ¿Quién pone esos límites?

Esa es una discusión que aparece mucho. A veces pareciera que ciertos temas sí son “literarios” y otros no.

Eso es absurdo. La literatura puede tratar de cualquier cosa. El problema es que existe un pequeño círculo que pretende decidir qué vale y qué no vale, qué es serio y qué no es serio.

En un momento de la conversación la novela nos llevó a hablar de la literatura peruana actual. Tú eres bastante duro con ciertos autores contemporáneos.

Sí, porque siento que hay una literatura muy tibia, muy preocupada por quedar bien con todo el mundo. Se ha perdido el atrevimiento.

¿Puedes mencionar algunos nombres?

Claro. Hablamos de Jeremías Gamboa, Renato Cisneros, Gustavo Rodríguez, escritores que, para mí, terminan siendo demasiado intercambiables. Les arrancas la portada y cuesta distinguir una voz de otra.

Tu crítica no iba solo por el estilo, sino también por una cierta postura frente al país.

Exacto. Siento que muchos prefieren mantenerse en una zona cómoda, no tomar posición, no incomodar. Y eso se refleja en la escritura: textos correctos, bien hechos, pero sin riesgo.

En el fondo, lo que reclamas es una literatura con más personalidad.

Una literatura que no tenga miedo de ser incómoda, excesiva, política, erótica, violenta o irónica si eso es lo que necesita para decir algo verdadero sobre el Perú.

Más allá de la polémica, hay algo que me interesa mucho: en “El alma de los muertos” no hay héroes puros ni villanos absolutos. Incluso el diablo termina siendo más complejo que muchos personajes humanos.

Porque no creo en el bien absoluto ni en el mal absoluto. Somos una mezcla. El diablo de la novela no es tan monstruoso como ciertos personajes de carne y hueso.

Francisco León y el reconocido artista Alberto Quintanilla.
Francisco León y el reconocido artista Alberto Quintanilla.

Eso le da una lectura muy peruana: todos convivimos con contradicciones.

Claro. El racismo, la misoginia, el fanatismo religioso, la ambición, todo eso aparece porque sigue existiendo. Quise mostrarlo desde un pasado colonial para que el lector sintiera algo incómodo: “Esto sigue pasando”.

Y no ha cambiado tanto como lo vemos el país ahora.

Esa era la idea. Que alguien terminara la novela preguntándose por qué seguimos repitiendo las mismas conductas.

¿Y qué puede revelar la ficción sobre nuestra historia que no revelan los libros académicos?

La ficción puede devolverle carne, sangre y emociones a procesos históricos que a veces quedan reducidos a fechas y conceptos. Además, estamos viviendo una época peligrosa para la historia: los pseudorelatos, la posverdad, el hispanismo simplificador. Hay jóvenes que creen que la conquista fue una especie de misión civilizadora benévola.

En tal caso, la novela también busca combatir esa mirada edulcorada.

Sí. Todo lo brutal que aparece allí tiene sustento histórico. Y aun así se queda corto frente a la violencia real de la conquista, la colonia y buena parte de la república.

También eres muy crítico con el poder religioso en la novela. El padre Aristóteles es un personaje terrible.

Es un aristócrata venido a menos que se refugia en la Iglesia y usa la religión para ejercer poder. Y lo interesante es que el diablo termina llevándoselo no por sus pecados carnales, sino por su ego.

Hay lectores que han encontrado ecos de “Cien años de soledad” en “El alma de los muertos”.

Me lo dicen bastante, aunque te confieso algo: García Márquez es el autor del boom que menos me interesa.

Eso sí me sorprende.

Lo he leído completo porque mi madre tenía toda su obra, pero mis verdaderas obsesiones son Carlos Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Roa Bastos, Di Benedetto. Si algún día me dijeran que una novela mía se parece a Fuentes, sentiría que ya cumplí una misión.

“El alma de los muertos”, además, tiene una ambición enorme. Va contra esta idea actual de que todo debe ser breve y minimalista.

Yo sigo creyendo en la novela total. Tal vez nunca alcance la totalidad, pero tiene que aspirar a ella. Una novela debería intentar contener un mundo.

¿Fue una decisión deliberada?

Sí, ahora estoy escribiendo una todavía más grande, de unas mil páginas. Llevo alrededor de ciento cincuenta mil palabras.

Eso ya es una declaración de guerra contra la tendencia actual.

Es que no entiendo la idea de la novela como folletito. Si voy a pasar años escribiendo algo, quiero que le ofrezca al lector una experiencia intensa: que lo haga llorar, reír, excitarse, pensar.

Un libro tiene que mover algo.

Exacto. Un texto bien escrito es apenas el punto de partida. Lo mínimo. Lo importante es que tenga una voz propia, una mirada distinta, una energía que no pueda confundirse con la de otro autor.

Y allí volvemos a conectar con la literatura peruana contemporánea. ¿Qué sientes que ha perdido?

Atrevimiento. Y también ambición de trascendencia. Muchos escriben pensando en el like, en el viaje, en el premio inmediato, no en si ese libro seguirá vivo cuando ellos ya no estén.

¿Crees que eso explica por qué cuesta encontrar autores peruanos contemporáneos con verdadero impacto fuera del país?

Sí. Además, muchos ni siquiera intentan dialogar con América Latina; solo quieren reinar en un pequeño circuito limeño. Mientras tanto, escritores regionales venden muchísimo más en sus propios espacios y casi no aparecen en la conversación oficial.

Da la impresión de que falta una idea colectiva de literatura peruana.

En Argentina ves escritores consagrados recomendando a autores jóvenes, apoyándose entre ellos. Aquí predomina la lógica de la pequeña cofradía cerrada.

Si un lector cerrara la novela y solo pudiera conservar una imagen o una idea, ¿cuál te gustaría que fuera?

La necesidad de refundar el país. Si queremos un país viable, hay que reconstruirlo desde sus cimientos.

Es una conclusión dura, pero coherente con toda la novela.

Es dura porque el Perú duele. Y quizá por eso seguimos escribiendo sobre él: porque, pese a todo, lo queremos demasiado para dejar de discutirlo.

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