
Hay novelas que avanzan por un camino previsible y otras que prefieren desviarse. “Los restos de la piel” (Planeta, 2025), la novela de Jhemy Tineo, pertenece a este último grupo. Dividida en tres partes que pueden leerse de manera independiente, la obra cambia de narrador, de tono y de registro para construir una historia donde conviven el relato de formación, el erotismo, la metaliteratura, el humor y una mirada ligada a la tradición oral amazónica.
En el centro de esa arquitectura aparece Jesús —también conocido como Loco Libros o el Dorian Gray Charapa—, un maestro de escuela, escritor inédito y migrante que intenta abrirse paso en una ciudad que lo obliga a sobrevivir mientras se aferra a la literatura como una forma de darle sentido a su vida. A su alrededor orbitan personajes que desafían las convenciones, mujeres que toman las riendas de la historia y voces narrativas que cuestionan constantemente aquello que el lector cree haber entendido.
Lejos de construir una novela complaciente, Tineo apuesta por personajes incómodos, marcados por el fracaso, el deseo, la culpa y la incertidumbre. El humor aparece cuando menos se espera, el erotismo nunca responde al escándalo fácil y lo fantástico emerge con la naturalidad de quien creció escuchando historias donde los mitos convivían con la vida cotidiana. Todo ello sostenido por una prosa que privilegia el ritmo, la experimentación y una estructura que invita al lector a reconstruir el rompecabezas desde distintas perspectivas.
Jesús vive con una frustración permanente: escribe, pero permanece inédito. ¿También querías retratar el difícil camino del escritor en el Perú?
Sí, aunque más que una crítica al sistema literario quería mostrar la situación de alguien que tiene una verdadera vocación por escribir. Jesús tiene pasión, disciplina y constancia. Se las ingenia para escribir pese a todo. El problema es que no pertenece al circuito literario. No tiene amistades en ese mundo, no frecuenta la bohemia ni conoce a quienes podrían abrirle una puerta.
Su entorno es otro: la supervivencia. Está preocupado por llegar a fin de mes, por conseguir trabajo, por seguir viviendo. Estamos ante un artista que no publica, no porque no quiera, sino porque nunca encuentra las condiciones para hacerlo. Le faltan las oportunidades, el entorno y, por supuesto, los recursos económicos.
Y cuando migra a Lima esa situación tampoco cambia.
Cambia el escenario, pero la precariedad continúa. Lima le ofrece otras dificultades, otras formas de sentirse fuera de lugar.
Hay algo que está en toda la novela: Jesús parece alguien que quiere ser visto, reconocido, pero al mismo tiempo esconde sus manuscritos. Busca que lo lean, aunque hace todo para permanecer invisible. ¿Ese conflicto también te obsesiona como escritor?
Sí. Y creo que ocurre porque Jesús tiene mucho de mí. Cuando empecé a escribir esta novela no pensaba en la literatura ni en convertirme en escritor. Mi punto de partida fue mucho más íntimo. Yo quería devolverle la vida a mi padre.
Mi padre murió de cáncer al estómago cuando tenía 48 años. Siempre lo vi trabajar. Era profesor, tenía su negocio, se desvivía por mantener a la familia. Justo cuando había alcanzado cierta estabilidad económica, murió. Sentí que había dedicado toda su existencia a los demás y que nunca había podido vivir realmente para él. Entonces pensé que podía revivirlo escribiendo.
¿La novela nació del duelo antes que de la literatura?
Sí. Mi intención inicial era escribir la historia de mi padre. Pero cuando empecé a hurgar en su vida me di cuenta de que no bastaba con reconstruir su biografía. Había trabajado toda su existencia para sacar adelante a sus hijos. Sentía que necesitaba regalarle otra vida, así que empecé a inventar.
Lo mezclé conmigo, con otras personas que había conocido, con mis lecturas, con historias de amigos. Poco a poco dejó de ser mi padre y apareció Jesús, pero el origen siempre fue ese deseo de devolverle una existencia distinta.

Sin embargo, Jesús conserva algo rural, incluso cuando vive en Lima.
Porque ese mundo nunca desaparece. Mi padre era un hombre de la selva. Su universo era la familia, el trabajo, los animales. Mientras les daba de comer a los cerdos les recitaba poemas de Rubén Darío. Esa imagen quedó grabada en mí. Por eso le dedico el libro.
Ese mundo aparentemente sencillo sigue acompañando a Jesús cuando llega a la ciudad.
Hay un momento en que uno entiende que Jesús no solo es tímido. También parece desconfiar del otro.
Eso viene de una experiencia muy propia de quienes crecimos en lugares aislados. Cuando eres niño en una comunidad amazónica muy alejada y llega un visitante, los niños no corren hacia él. Al contrario: se esconden detrás de la casa, miran por las rendijas de las tablas o permanecen en silencio observando. No están acostumbrados a ver gente distinta.
Jesús conserva esa resistencia. Le cuesta exponerse. Cuando está solo puede escribir, imaginar, incluso vivir su sexualidad con libertad. Pero cuando debe mostrarse ante los demás vuelve a encerrarse en sí mismo. Por eso sus manuscritos permanecen ocultos. Solo él sabe que existen.
Entonces, ¿el verdadero conflicto de Jesús no es la falta de talento, sino la dificultad para habitar el mundo?
Creo que sí. Él tiene una enorme necesidad de escribir, pero vive atrapado entre el miedo, la precariedad y una vida que le exige sobrevivir antes que crear. Ese es el gran drama del personaje. Y quizás también el de muchos escritores que existen lejos de cualquier centro literario.
Lima aparece como una ciudad hostil. Jesús llega desde la Amazonía y descubre un mundo distinto. ¿Qué querías mostrar de esa experiencia migrante?
Jesús entiende Lima a partir del contraste. Él viene de un lugar donde el espacio tiene otra lógica. En la selva, por ejemplo, el baño está lejos de la casa. Caminas veinte o treinta metros para hacer tus necesidades. Todo está separado.
Cuando llega a Lima descubre exactamente lo contrario: todo está conectado. Estás cocinando mientras al otro lado de la pared alguien está en el baño. Escuchas a los vecinos, hueles lo que cocinan, convives con personas a las que nunca ves realmente. Ese detalle siempre me impresionó.
Alguna vez, en Buenos Aires, comentaba que Raskólnikov, el personaje de “Crimen y castigo”, vive asfixiado por San Petersburgo. Me di cuenta de que muchos jóvenes peruanos viven algo parecido: alquilan cuartos diminutos, sobreviven endeudados, cambian de habitación, se esconden del casero porque no pueden pagar el alquiler. Yo también pasé por eso cuando llegué a Lima.
Hay un momento en que uno siente que la ciudad deja de ser solo un escenario y empieza a invadir a Jesús.
En la novela hay una frase donde él dice que la mugre de la ciudad se ha incorporado a su vida. Primero invade el cuarto donde vive. Después invade su manera de habitar ese espacio. Hay libros tirados por todos lados, humedad, cucarachas, basura. Poco a poco empieza a normalizar esa precariedad, pero luego ocurre algo peor: esa mugre también entra en su cuerpo. Ahí aparece la enfermedad.
Muchos lectores han leído la novela desde el erotismo o desde la migración, pero también podría leerse como la historia de alguien que se está muriendo sin saberlo.
Eso me llama mucho la atención. Hay lectores que ven a Jesús como un personaje erótico. Otros leen sobre todo la experiencia del migrante. Muchas lectoras me dicen: “Jesús está enfermo”; y tienen razón.
Desde el comienzo aparecen todos los síntomas de alguien que tiene cáncer al estómago, aunque él nunca logra entender qué le está ocurriendo. Ahí vuelve a aparecer mi padre. Toda esa enfermedad viene de esa experiencia personal.
La ciudad no solo transforma la identidad del migrante; también termina enfermándolo.
Exacto. Jesús come mal porque apenas le alcanza el dinero. Vive en un espacio insalubre. Está sometido al estrés permanente de sobrevivir. Todo eso termina pasando factura. La ciudad deja de ser únicamente un lugar donde vive. Se convierte en algo que lentamente empieza a habitarlo a él.
Hay otro aspecto que llama mucho la atención en la novela: el erotismo. Nunca aparece como un elemento gratuito o provocador. Más bien parece uno de los pocos momentos donde Jesús consigue sentirse libre.
Sus pequeños excesos sexuales son una forma de escapar. Él vive encerrado, tanto física como emocionalmente. Está el hacinamiento material, porque vive en un cuarto donde convive absolutamente todo, pero también existe un hacinamiento interior.
Necesita escribir, pero también necesita sobrevivir. Y aparecen pequeñas fugas. A veces esas fugas son sexuales. A veces son momentos donde puede dejar de ser el hombre derrotado que es todos los días.
¿Dirías que el cuerpo termina siendo el único territorio donde todavía conserva cierta libertad?
Puede ser. Nunca lo había pensado así, pero sí creo que ahí encuentra un espacio donde deja de sentirse atrapado. Después vuelve otra vez a la precariedad, siempre vuelve.

Cuando apareció la novela hubo quienes cuestionaron ese tratamiento tan frontal del erotismo. ¿Crees que la literatura peruana todavía tiene dificultades para escribir el cuerpo sin moralizarlo?
Sí. Creo que todavía existe mucho miedo. A veces pareciera que nuestros escritores se olvidaran de que las personas también tienen una vida sexual. Como si el deseo, la pasión o incluso la violencia que puede existir dentro del amor no formaran parte de la experiencia humana. Eso termina desapareciendo de muchas novelas, pero el cuerpo también cuenta historias. Y la literatura debería poder narrarlo sin culpa.
¿De dónde viene ese miedo?
Creo que tiene que ver con algo muy propio de nuestro medio literario. Muchos escritores quieren pertenecer a un grupo. Y cuando uno quiere encajar termina escribiendo dentro de ciertos límites, haciendo más o menos lo mismo que hacen los demás. Ese deseo de pertenecer termina matando muchas posibilidades.
En mi caso ocurrió algo distinto porque yo nunca empecé a escribir pensando en la literatura peruana ni en formar parte de un grupo. Mi impulso era otro. Quería devolverle una vida a mi padre.
Eso, sin darme cuenta, me obligó a escribir desde otro lugar.
En la novela también aparece la cuda, esa voz que observa a Jesús. Pensé que podía representar la culpa, aunque también el destino o incluso la locura.
Nunca había pensado en la culpa, ahora que lo dices, creo que tiene sentido. La cuda siempre está observándolo. Sabe lo que piensa, sabe lo que hizo y hasta parece conocer lo que todavía no ha ocurrido. Habla en segunda persona, como si fuera una conciencia que nunca deja de acompañarlo. Quizá sea eso. Quizá sea una parte de él mismo.
Lo pensé porque, más allá de la enfermedad, Jesús parece cargar con una sensación permanente de haber desperdiciado su vida.
Sí. Al final la novela cuenta la historia de un fracasado. No porque sea un hombre sin sensibilidad, sino porque casi nada de lo que soñó termina ocurriendo. Fracasa como escritor, profesional y sentimentalmente. Lo único que hace es vivir intensamente. Y quizá por eso la culpa también encuentra un lugar dentro de la novela.
LA TRADICIÓN AMAZÓNICA Y LA LITERATURA PERUANA
Tú consideras que el Perú no debería estar mirando hacia afuera para encontrar modelos de escritores. ¿Crees que todavía nos cuesta reconocer nuestra propia tradición literaria?
Sí. Y creo que tiene mucho que ver con nuestra diversidad. Tenemos costa, sierra y selva. Son tres maneras distintas de mirar el mundo, tres formas de contar historias. Muy pocos países tienen esa riqueza.
Por eso siempre me ha parecido un error que, cuando aparece una moda literaria en otro país, inmediatamente queramos escribir igual.
Hace unos años muchos comenzaron a mirar hacia Mariana Enriquez, por ejemplo. Pero nosotros ya teníamos historias que mezclaban lo fantástico, lo social, lo político y lo mítico mucho antes de que esa literatura se volviera una referencia para todos.
¿Dónde estaban esas historias?
En nuestras propias casas. Mis abuelas contaban historias extraordinarias. Lo mismo ocurría en muchas familias de la Amazonía, de la sierra e incluso de la costa rural. Eran relatos donde convivían los fantasmas, la violencia, la religión, la política y la vida cotidiana sin necesidad de separarlos. Cuando uno crece escuchando eso entiende que lo fantástico nunca estuvo desligado de la realidad.
Lo curioso es que muchas veces empezamos a valorar esas formas de narrar recién cuando alguien de afuera hace algo parecido.
¿Sientes que todavía necesitamos esa validación?
Muchas veces. Y eso hace que olvidemos a escritores que ya estaban haciendo cosas enormes desde hace décadas. Pienso en Oswaldo Reynoso. Durante mucho tiempo fue mucho más reconocido fuera del Perú que dentro del propio país. Lo mismo ocurre con Edgardo Rivera Martínez, con Óscar Colchado Lucio y con muchos otros autores que pueden dialogar de igual a igual con cualquier escritor latinoamericano contemporáneo. Nuestra literatura no carece de calidad; lo que nos falta es saber proyectarla.
Entonces el problema no sería de los escritores, sino de la difusión.
Exactamente. Nos falta gestión cultural. Nos falta una política que piense la literatura peruana más allá de Lima y más allá del mercado inmediato. A veces pareciera que tenemos grandes escritores escondidos.
Y cuando finalmente son descubiertos en otros países, aquí recién empezamos a prestarles atención.
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