La escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina presenta "Larvas" en la FIL. (Foto: Isabel Wagemann)
La escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina presenta "Larvas" en la FIL. (Foto: Isabel Wagemann)

Con 25 años, la uruguaya Tamara Silva Bernaschina se ha convertido en una de las voces más prometedoras de la narrativa latinoamericana. Tras el reconocimiento obtenido con “Desastres naturales” y “Temporada de ballenas” —que será publicado por la editorial Animal de invierno en Perú—, la escritora presenta “Larvas”, un libro de cuentos editado por Páginas de Espuma, donde lo fantástico emerge desde los cuerpos, los silencios y aquello que permanece oculto bajo la superficie de la vida cotidiana.

En esta conversación, la autora reflexiona sobre la infancia como un territorio donde el misterio encuentra espacio para crecer, la manera en que el cuerpo se convierte en escenario de transformaciones y revelaciones, y cómo lo sobrenatural le permite explorar emociones tan humanas como el deseo, la pérdida o el miedo.

Silva presentará “Larvas” el viernes 31 de julio, a las 7:00 p. m., en el auditorio César Vallejo, en la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL Lima 2026).

En varios cuentos de “Larvas” lo fantástico aparece desde el cuerpo: una transformación física, una cicatriz, un insecto, incluso una piedra. Da la impresión de que el cuerpo es el primer lugar donde irrumpe lo extraño. ¿Por qué te interesa trabajar desde ahí?

En estos cuentos el cuerpo es un lugar de revelaciones. No solo porque allí se manifiesta lo fantástico, sino porque también es un cuerpo que cambia, que crece y que es atravesado por el dolor, el amor y el deseo. Me interesa esa intensidad y esa vulnerabilidad.

Imagino que, en esos momentos de transformación, se abren pequeños canales entre ese cuerpo y otra cosa, que es el universo de lo fantástico. A veces aparece a través del cuerpo y otras veces mediante el espacio que ese cuerpo habita.

Pensaba también en “Mi piojito lindo”. Ahí la voz del niño hace que uno acepte como naturales situaciones que un adulto pondría en duda enseguida. ¿Qué implica escribir desde esa mirada infantil?

Más que un desafío, creo que era la única manera posible de contar esa historia. Ese universo funciona porque está narrado por un niño. La mirada infantil tiene una transparencia particular: deforma un poco la realidad, pero sigue siendo muy fiel a la manera en que ese niño entiende el mundo. Si el relato estuviera contado por un narrador adulto o en tercera persona, muchas cosas se perderían.

Y, al mismo tiempo, los adultos que aparecen en tus cuentos parecen siempre un poco desbordados, incapaces de explicar lo que ocurre. ¿Te interesaba que la infancia fuera ese lugar donde el misterio todavía puede crecer?

Sí. En la infancia el misterio tiene mucho más espacio para desarrollarse porque no existe una explicación inmediata. Incluso cuando aparece una explicación, suele ser múltiple y abstracta, no una respuesta racional y definitiva.

Además, los niños conviven mucho mejor con el silencio y con aquello que no se dice. Llenan esos vacíos de una forma mucho más creativa.

En “Jauría”, por ejemplo, la violencia nunca aparece de golpe. Va creciendo de una manera muy sutil hasta el final. ¿Cómo trabajaste esa tensión?

Es un proceso bastante intuitivo. Cuando termino un cuento recién puedo ver cómo funcionó ese mecanismo. En “Jauría” fui muy cuidadosa con qué mostrar y qué ocultar para conducir a esos perros hacia el final. No quería que fueran perros malvados, sino respetar su naturaleza animal. Esa dosificación es parte de cualquier relato: pequeñas pistas que van construyendo un tejido más grande.

"Larvas", de Tamara Silva Bernaschina fue publicada por Páginas de Espuma.
"Larvas", de Tamara Silva Bernaschina fue publicada por Páginas de Espuma.

También lo fantástico parece nacer de emociones muy humanas: el duelo, el deseo o la culpa. ¿Dirías que lo sobrenatural es también una manera de hablar de esas experiencias?

Creo que ambas cosas conviven. Por un lado, los elementos fantásticos existen realmente dentro del mundo del cuento. Pero, al mismo tiempo, pueden adquirir un significado simbólico para quien lee.

Por ejemplo, una yegua fantasma puede ser simplemente una yegua fantasma y, al mismo tiempo, representar aquello que persigue a los personajes. Me interesa mucho esa multiplicidad de lecturas.

Después de leer “Larvas” uno termina con la sensación de que los verdaderos monstruos no siempre son los seres fantásticos, sino los miedos, los silencios o las pérdidas. ¿Es una lectura con la que te sientes cómoda?

Creo que cada lector llega con sus propios monstruos. Lo interesante es cómo esos miedos dialogan con el libro. Por eso “Larvas” está lleno de espacios vacíos, de huecos pensados para contener preguntas, ideas y experiencias distintas. Me gusta que cada persona encuentre allí sus propias respuestas.

Hay otro cuento que me llamó mucho la atención: “No acampar ni abordar”. Allí el deseo está ligado a la tierra, a las piedras, al agua. Casi desaparece la frontera entre el cuerpo y la naturaleza.

Sí. Me imaginaba a ese personaje como un puente entre el mundo humano y el mundo mineral. Quería pensar cómo sería una especie de sirena de la montaña. A partir de ahí aparecieron esas imágenes del deseo relacionadas con la piedra, la tierra y el paisaje, como una manera de repensar la poética del deseo.

Y en “Arena, arena, arena” sucede algo parecido con los sentidos. Uno casi puede sentir el calor, el viento o el olor que atraviesa todo el cuento. ¿Cómo construiste esa atmósfera?

Todo comenzó con una imagen: la arenera junto al río, en pleno verano. Antes de saber quiénes eran los personajes o qué iba a pasar, ya estaban la arena, el viento, el olor de la yegua descomponiéndose, la humedad, el calor. Esa imagen inicial terminó organizando todo el relato.

Tus personajes aceptan lo extraordinario con una naturalidad sorprendente. Nunca parecen preguntarse demasiado si aquello es posible. ¿Qué buscabas con esa convivencia entre lo cotidiano y lo imposible?

Lo que más me interesaba no era el fenómeno fantástico en sí, sino todo lo que ocurre alrededor de él. Cómo cambia la forma en que los personajes cuidan, conversan o se relacionan entre ellos. Además, si los personajes creen en lo que sucede, yo también puedo creerlo, y el lector entra en ese pacto de lectura desde el comienzo.

“La joven edad” cierra el libro. ¿Siempre supiste que ese cuento iba a ser el final?

Sí. Desde el principio supe que sería el último relato porque es el más extenso y el que transcurre durante más tiempo. Tiene una estructura circular y me daba la sensación de que esa circularidad también hacía que el libro siguiera vivo, como si realmente nunca terminara.

Y para terminar: el libro se llama “Larvas”. ¿Qué representa para ti esa imagen dentro del cuento y también dentro de todo el libro?

Prefiero que esa interpretación la construyan los lectores. Pero sí creo que es una imagen relacionada con el cambio, el crecimiento y el pasaje de una etapa a otra. La larva representa aquello que permanece oculto dentro de un cuerpo y que, en algún momento, emerge y transforma por completo lo que era antes. Es una forma de pensar esa frontera entre un cuerpo y otro, entre una etapa de la vida y la siguiente.

TAMARA SILVA BERNASCHINA EN LA FIL

Viernes 31/07 a las 7:00 PM - Auditorio César Vallejo

Presentación: Larvas de Tamara Silva

Participan: Fernanda Acosta, Marina Gonzales, Tamara Silva y José Carlos Barrón (mod.)

Organiza: Embajada de Uruguay e Ibero Librerías

Sábado 01/08 a las 4:00 PM - Auditorio César Vallejo

Conversatorio: Ficciones de lo perturbador. Cuerpos, silencios y rarezas en la literatura

Participan: Tamara Silva y Ricardo Sumalavia

Organiza: Cámara Peruana del Libro y Embajada de Uruguay en Perú

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