
PERUANO QUE DEJA HUELLA. En un país que a veces olvida mirar hacia sus raíces, hay historias que han tejido, en silencio, la identidad cultural del Perú. La de Miguel Ángel Figueroa es una de ellas: más de medio siglo dedicado a la danza puneña, tocando puertas, formando generaciones y sembrando orgullo donde antes había timidez.
Hace unos días, el Ministerio de Cultura lo reconoció como Personalidad Meritoria de la Cultura, un título que corona una vida entregada a visibilizar lo que ama.

Nacido en Puno, empezó a bailar a los 15 años, casi por insistencia de su tío músico. “Me gustó y ya no paré”, recuerda. Llegó a Lima con la idea de estudiar, pero la danza lo alcanzó.

Mientras cursaba la universidad, empezó a enseñar gratis en colegios. “Nadie conocía las danzas puneñas y eso me impactó muchísimo”, cuenta. Así inició una cruzada que llevó diabladas y caporales a las aulas donde nunca se habían visto.

Su paso por Brisas del Titicaca marcó un antes y un después. Fue director artístico y trabajó años sin cobrar. “Lo hacía por amor al arte”, reconoce. Antes de la pandemia tenía una escuela y hoy da clases particulares en Lima.

El reconocimiento lo tomó por sorpresa. “Jamás pensé que este día llegaría, es maravilloso”, confiesa con la voz entrecortada. Pero basta escuchar a sus alumnos —hoy repartidos en el mundo— para entender que cualquier distinción queda corta para una vida entregada al folclor.










