
El Chato Matta llegó al restaurante por un poderoso sancochado con carne de res, pollo y su toque de chorizo. También pidió arroz blanco y ajicito. Para la sed, una chicha morada. “María, la semana pasada te contaba la relación que vivió el gran Pancholón con Cindy, la mujer que le movió el piso a tremendo tramposo. Me junté en el sauna con el gordito y pidió un par de cervezas y siguió con sus historias, que son alucinantes.
‘Chato, la conocí cuando recién me había casado. Cindy era una delicia. La conquisté en La Trinchera. Las mujeres que me conocen y han pasado por La Posada dicen que tengo el corazón de piedra, porque nunca me enamoro. Solo amé a la que fue mi esposa, pero Cindy me tenía loco. Desde que la vi, le tiré maicito y a la primera la invité a bailar una salsa sensual.
De arranque me dijo: ‘Así que tú eres Pancholón, tremendo jugador. Te he visto desde mi ventana con varias mujeres, eres terrible’. Mi fama era grande en el Callao y a ella le había picado el bichito de la curiosidad. Esa misma noche me la llevé a un ‘depa’ y comprobé su hermosura por dentro y fuera. Era como una gatita tierna que se acurrucaba en mi pecho. Se metió en mi bobo.
Le cantaba al oído un tema del zambo Cartagena: ‘Sin ti, no hay nada si no estás tú/ Sin ti, se apaga el amor...’. Tenía la cabeza caliente. Pensé dejarlo todo para irme con Cindy, pero reaccionaba y, como buen ‘viejo zorro’, me decía ‘no pasa nada, el varón y parador no se enamora en la calle. Si ella se metió conmigo sabiendo que era casado, después me la va a hacer a mí’”.

“Hasta que salió embarazada. Ella ponía mi mano en su vientre y me decía: ‘Va a ser gordito como tú, hasta sacará la lengüita’. Por cosas del destino, perdió al bebé y lloró como una niña, pero algo se rompió entre nosotros y me fui alejando. Hace un tiempo nos cruzamos en la calle y estaba mejor que nunca. Madurita y con mejor cuerpo. Me contó que, en dos meses, se iba a casar con un viejo estadounidense y se iría a vivir a Nuevo México.
No resistí la tentación y le invité unos tragos. Volvimos a La Posada y, en la oscuridad, me susurró: ‘Nunca te pude olvidar, Panchito. Tú eres el único que me hizo sentir mujer. Siempre seré tuya, así me case con ese gringo para asegurar la ciudadanía americana’.
Pero yo ya estoy curado de ‘floros’. La embarqué en su taxi y me fui cantando ‘Trampolín’, de El Gran Combo: ‘Recuerdo que al encontrarte llorabas desesperada/ El dolor y la amargura, mujer, de tu vida fracasada/ Y hoy que tienes otra vida/ ya te sientes liberada/ Terminó la pesadilla, mujer,/ de tu vida fracasada...’. Pensé por qué ser solo de una si puedo ser de todas’”. Ese Pancholón es un sinvergüenza. Terminará viejo y solo. Me voy, cuídense.
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