
Este Búho navegaba por las redes sociales cuando me crucé con una hermosa foto, la del máximo representante del box, Muhammad Ali, y nuestro gran pugilista nacional Mauro Mina, ‘El bombardero de Chincha’. Ambos en posición de guardia. Ingreso al túnel del tiempo.
Setiembre de 1971. Cassius Clay, nombre de pila de Ali, llegó a Perú gracias a una gira latinoamericana. Su arribo a Lima significó un gran revuelo, pues entonces su fama ya era mundial. Tenía encima varios cinturones que lo convertían en el máximo deportista en esta disciplina.
Durante su estancia en Perú, se hospedó en el desaparecido hotel Crillón, comió pollito a la brasa, firmó autógrafos a los niños y dio una rueda de prensa y atendió todas las preguntas de la prensa.
Un momento curioso fue cuando evitó recomendar a los jovencitos que se dediquen al boxeo, porque “no hay garantía de ganancia, no hay garantía de seguridad y sí, más bien, quedar lesionado. Mi consejo sería que estudien cada vez más y más”.
Durante su visita, también asistió a un coliseo de gallos de Pachacámac y, finalmente, participó de una exhibición en el Estadio Nacional, en donde se enfrentó al peruano Willy de la Cruz. No puedo dejar de recomendar un documental que retrató con fidelidad la vida de Ali en Netflix: ‘Muhammad Ali: a través de los ojos del mundo’, del director inglés Phil Grabsky.
El documental presenta documentos históricos de todas sus peleas, incluso ‘joyitas’ de sus inicios como jovencísimo boxeador amateur. Además, muestran el testimonio de grandes estrellas que se declaran admiradores de Ali, como Richard Harris (‘Los imperdonables’, ‘Un hombre llamado caballo’), el norteamericano James Earl Jones (la inconfundible voz de Darth Vader de ‘La guerra de las galaxias’), el comediante y sempiterno presentador de los Oscar, Billy Crystal, quien es su fanático y animó la histórica ceremonia donde el boxeador fue nombrado ‘El mejor deportista del siglo XX’ por la revista ‘Sports Illustrated’. Además del testimonio de rivales como George Foreman, Henry Cooper, Jimmy Ellis y el de sus hijas y exesposas.
Pero, sobre todo, la riqueza del documental radica en que explora el lado menos conocido de Ali. Su transformación de Cassius Clay, el gran boxeador afroamericano que llegó a ganar el campeonato mundial de los pesos pesados, al liquidar al temible Sonny Liston.
Luego se convirtió al islam y se llamó Muhammad Ali, el defensor de los derechos de los afroamericanos junto a Martin Luther King, y opositor tenaz de la Guerra de Vietnam. Por ello sufrió las consecuencias de un gobierno que lo trató como un enemigo y no paró hasta despojarlo del título y de su licencia como boxeador por tres años larguísimos.
Pero nunca callaron su voz, sus palabras que como cuchillo cortaban a una sociedad racista y discriminadora, embarcada en una guerra en tierras asiáticas, donde jóvenes pobres y afroamericanos eran obligados a pelear sin saber por qué y morían como moscas, porque eran carne de cañón. Ali se negó a ir y lo castigaron con saña. “A mí los vietnamitas no me han hecho nada, los blancos de mi país sí. Nos esclavizaron y luego segregaron a mi madre, a mis hermanos”, afirmaba resuelto.
Uno termina de ver este documental y queda convencido de que Ali tiene un lugar en la historia al lado de Martin Luther King y Nelson Mandela. Al final se ve cómo llegó a encender la antorcha olímpica en las Olimpiadas de Atlanta 1996, temblando por el terrible mal del Parkinson.
En los últimos años de su vida ya ni podía caminar. Cada vez que lo veía en una ceremonia pública me sobrecogía porque él enarboló, en un deporte tan destructivo como el boxeo, y más aún en la categoría peso pesado, una increíble agilidad y velocidad, el arte de la defensa y el ataque.
Falleció un 3 de junio de 2016, luego de padecer varios años de Parkinson. Apago el televisor.








