Este Búho ya huele la Semana Santa, festividad que llegará a un país convertido casi en Sodoma y Gomorra. Un país a la deriva. Un país dominado y gobernado por la delincuencia, que traza sus condiciones y sus leyes. Esta situación me hace reflexionar sobre el terror que vivimos día a día, pero también sobre aquellas personas que pese a los tiempos aciagos encuentran la manera de traer luz a este mundo.
Hace algunos años realicé un viaje revelador al cálido y hospitalario pueblo de Pariacoto, Huaraz, en donde los sacerdotes polacos Miguel Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski fueron asesinados salvajemente por Sendero Luminoso. Entonces, en 2015, cuando llegué junto a mi fotógrafo Allen, oriundo del lugar, apenas habían sido declarados mártires y posteriormente beatificados por el papa Francisco.
Eran días de celebraciones, pues incluso se esperaba la llegada del sumo pontífice. No era para menos. Los residentes los consideraban sus ‘ángeles’. Arribaron a Pariacoto en agosto de 1989, tiempo en que la comunidad era un remoto lugar que no se registraba en el mapa. Sin agua ni luz ni posta médica. Vivían la sequía más larga que se haya podido conocer en aquella región del país: siete años.
Con una sola misión, de llevar la palabra de Dios, Miguel y Zbigniew se asentaron ante el asombro de los lugareños, quienes vieron con desconfianza la presencia de los dos gringos. No demoraron mucho en ganarse el cariño de la población. Zbigniew educó a los pariacotinos en el arte de la siembra y el cultivo. Trajo de Polonia sus conocimientos en técnicas de regadío. Además, inició la construcción de carreteras que conectarían a Pariacoto con otros pueblos.
Instruyó en la crianza de cuyes. Finalmente, con su conocimiento en enfermería, curó enfermos. Por esos años el mal del cólera era el principal problema. Pronto lo apodaron ‘El padre doctorcito’.
En cambio, Miguel tuvo una labor más espiritual. Enseñaba a los niños y jóvenes a tocar guitarra y cantar. Su función evangelizadora hizo que cada domingo los pobladores asistieran en mayor cantidad a misa. Recorría la región, Biblia en mano, llevando la palabra de Dios.
En menos de dos años, Pariacoto se volvió una comunidad autosostenible. Había llegado la lluvia y los sembríos de manzana se volvieron un boom. A la crianza de cuyes se le sumaron el ganado bovino y vacuno. Las chacras rebasaban en producción. La carretera era una realidad. La iglesia, cada domingo, se llenaba de gente adulta, jóvenes y niños.
Antes de lo que cualquiera hubiera creído, los dos curas se ganaron el corazón de los pobladores. Pese a ello, el 9 de agosto de 1991, una columna de Sendero Luminoso irrumpió en el pueblo pidiendo entre gritos la ubicación de los frailes. Los encontraron en la iglesia. Se los llevaron. Algunos testigos con quienes pude conversar recuerdan haber oído: “Decían que los curitas nos estaban adormeciendo”.
A Miguel y Zbigniew los fusilaron en un descampado. Sobre sus cuerpos dejaron este mensaje: “Así mueren los lames… del imperialismo”.
Cuando llegué a Pariacoto, una comunidad pequeña, de clima cálido, de gente amable y trabajadora, me encontré con una ferviente devoción a los curas. Cuando supe todo lo que habían hecho allí, entendí por qué. Muchos de los adultos eran niños cuando los polacos pisaron esas tierras. Y recuerdan con cariño las alabanzas que aprendieron, los valores que les inculcaron.
Los mayores los evocaban como personas empeñosas y de quienes heredaron técnicas que ahora dominan con gran destreza. Nunca tuvieron otro fin que no sea el bienestar del prójimo y el amor a Dios.
Por eso resulta increíble que Sendero Luminoso los haya ejecutado con total sangre fría, motivados por el mero desprecio a la vida, so pretexto de su ideología marxista-leninista y antiimperialista. Me hace recordar tanto a estos tiempos, en donde gente inocente, trabajadora y con mucho futuro es asesinada por malditos extorsionadores o rateros. Ya ni los colegios ni los niños se salvan, pues estos delincuentes ni siquiera —como en los viejos tiempos— tienen códigos.
Tantos años después, parece inaudito que en los más altos cargos estatales se encuentren filosenderistas, políticos que alguna vez justificaron el accionar de estos desquiciados o, peor aún, que declaren públicamente su admiración a estos asesinos. Apago el televisor.
MÁS INFORMACIÓN:
Radiografía política de Mario Vargas Llosa (II)
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