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El adiós a mi amigo poeta

El Búho está triste por el fallecimiento del poeta Leoncio Bueno a los 106 años.
El adiós a mi amigo poeta.

Este Búho escribe con mucha tristeza. Ha fallecido mi gran amigo, el poeta Leoncio Bueno, a los 106 años. Lo creía inmortal, de acero, pero el poeta también era humano, muy humano. Durante sus últimos años de vida conversamos seguido en su casa en Tablada de Lurín o por teléfono.

A veces me llamaba para contar algunas anécdotas que recordaba de su agitada vida como sindicalista, periodista y campesino. Con esa voz gastada revivía con entusiasmo sus victorias y sus derrotas. Pero recuerdo especialmente la última vez que pudimos conversar cara a cara.

“Hermano, visítame. Nos conocemos hace muchas décadas y antes de que la memoria se me nuble, quisiera dejarles un mensaje a los jóvenes”. Encendí mi carrito y manejé hasta los extramuros de Lima. Leoncio Bueno, quizá fue el poeta activo más viejo del mundo.

En sus más de 100 años seguía escribiendo con el fuego en las tripas. Ya no era con las mismas fuerzas, pero sí con el ímpetu, convicción y lucidez que siempre le conocí. Una palmera de cinco metros custodiaba el portón de su casa.

Esa casa a la que le escribió: ‘Mi techo es pequeño/rico de polvo y paja/construido de esteras y otros deshechos inflamables. /Deja pasar los bichos y la lluvia, /deja que se cuele la luz, /el aire, las chirimachas/y los orines de los gatos. /Soy el dueño de un techo excitante: /puede caerme encima/sin hacerme daño’. Me recibió con una sonrisa de niño travieso. Sus ojos gastados por el tiempo me reconocieron de inmediato. Mientras avanzábamos hacia su porche, señaló el terreno con su bastón: “Aquí trabajo la tierra, con mi pico y mi lampa”.

Tenía las uñas sucias. Las manos cuarteadas. El lomo duro. Los surcos del tiempo cruzaban su rostro quemado. Su voz se imponía al bullicio de un aserradero colindante. Leoncio Bueno fue uno de los poetas más relevantes de nuestra literatura contemporánea. Aunque su fama no fue proporcional a su talento, escribió los versos más intensos, comprometidos y achorados de las últimas décadas.

Lo forjaron su niñez en la hacienda Facalá, en donde fue peón, casi esclavo, y trabajaba seis días a la semana para llevar un poco de frejoles a casa. Lo forjaron sus ideologías anarcosindicalistas, comunistas, apristas, trotskistas, marxistas, a las que renunció para ser solo ‘un viejo enamorado’. Se hizo gracias a esas luchas para reivindicar los derechos de los obreros. Luchó a sangre y fuego, sin miedo a la muerte. Por eso estuvo preso en El Frontón, en donde pasó seis años de su vida.

Fue un sindicalista, pero de esa raza sindicalista que debatía y tenía ideas, propuestas y soluciones, y buscaba el bienestar común. “Los sindicalistas de antes éramos autodidactas, leíamos mucho porque si teníamos que debatir con alguien debíamos tener fundamentos, base teórica, ideas”, explicó.

Fue uno de los primeros invasores de los arenales de Comas. Fue mecánico. Y fue periodista. Y también actor de cine, bajo la dirección del mítico Werner Herzog. En medio de esa vida agitada, entre la lucha y el campo, Leoncio Bueno escribía poesía.

‘Un día me arranqué las vestiduras, /la persona postiza/que calcé, /mi dentadura postiza, /mis poemas postizos. /Quedé tal como vine al mundo /bailando al son de mis costillas’. “¿Cuál ha sido el momento más feliz de mi vida? Ahora que lo pienso, creo que todos los días de mi vida. ¿Sabes por qué? Porque a pesar de esa vida que llevaba, siempre me sobreponía. He sido un luchador. Yo daba agua a las bestias, cegaba el pasto, tenía que llevar leña a la casa.

Trabajé desde los 9 años. Ganaba 50 centavos al día. Y si trabajaba toda la semana completa sin faltar, me daban 60 centavos y media ración, que era carne, frejoles, arroz y algo más”. Cuando lo visité aún escribía en su pesada máquina Remington. “Escribo en papeles reciclados. Es la única manera de hacerlo, porque no tengo los medios para comprar hojas limpias”, me dijo.

Leoncio Bueno nunca ha tenido riquezas materiales. “Mi fortuna son estos libros, estos poemas y estos recortes de chicas en bikini, mis musas”. Publicó ‘La guerra de los runas’, ‘Rebuzno propio’, ‘Invasión poderosa’, ‘Pastor de trueno’ y ‘Al pie del yunque’. Y esperaba ‘parir’ ‘Canto al dulce ahí’, una celebración a la mujer, al sexo, al erotismo. Esa vasta producción le valió el Premio Nacional de Poesía José Santos Chocano, Casa de Las Américas y Casa de la Literatura.

“Lo único que no sé es cómo me van a enterrar, porque no tengo plata. ¿Por qué la política no voltea a ver a la cultura? Porque solo piensan en la plata y el poder. El poder corrompe, y cuando es un poder absoluto corrompe absolutamente”. Leoncio Bueno acabó el colegio con suerte. Fue autodidacta. Sabía del poder del conocimiento. Por eso dejó un consejo a los jóvenes: “Que lean mucho, que aprendan mucho. Hay que conocer la vida”.

Fue cercano a los muchachos, a quienes recibía en su casa. Como escribió el poeta Antonio Machado, Bueno nunca persiguió la gloria. ‘¿Mi patria? /Estoy bien con mi patria. /Mi patria es morena y hermosa /como la cintura de mi muchacha, /es risueña y cruel como una hembra en celo. /Todo me lo ha dado mi patria: /Garrotes, trabajos, prisiones, no me quejo. /Ella ahora duerme en el lecho de los generales, /pero nosotros los poetas /le haremos el muchacho’.

Al despedirnos, sin saber que sería la última vez, me dijo: “Búho, solo muerto, solo muerto deja de joder el poeta”. Apago el televisor.

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