
Este Búho ama a su patria, como un hijo ama a su madre. Debo agradecerle al periodismo que me ha permitido viajar por todos los rincones de este país. Costa, sierra y selva. Empecé jovencito, cuando apenas tramité mi DNI y, entonces, en una mochilita llevaba pocas prendas y recorría miles de kilómetros a las entrañas de esta maravillosa tierra.
Debo agradecerle a mi abuelo esa felicidad que me sofoca cada vez que subo a un avión, a un bus o a una lancha. Todavía recuerdo con mucha claridad aquella frase que me regaló en sus últimos días: ‘Para vivir, debes caminar el mundo’.
Su oficio como vendedor de medicamentos lo llevó a los rincones del Perú. Y sus aventuras de aquellas travesías se convirtieron durante años en conversaciones de sobremesa.
De niño juré ser como él. Obviamente, no me convertí en vendedor de pócimas y brebajes, sino en periodista, que para mí fue mucho mejor, pues pude complementar mis dos pasiones: escribir y viajar.
Recordé a mi abuelo mientras alisto mi mochila, pues en pocos días volveré nuevamente a Machu Picchu, ciudadela inca construida soberanamente a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.
Él hablaba de esas ruinas con una fascinación contagiosa. Remarcaba que esta evidencia arquitectónica tan difícil de descifrar por su complejidad debería ser razón suficiente para sentirnos orgullosos de nuestros ancestros. Y muchas veces se puso triste cuando conocía gente que se avergonzaba de su linaje andino.
Existen muchas formas de llegar a Machu Picchu, un abanico impresionante de ofertas, desde las más sencillas hasta las más sofisticadas. Es lo que ha obligado la gran demanda de turistas que llegan hasta este motor turístico. Está la opción económica y es la que normalmente toman las familias peruanas o los jóvenes estudiantes.
Y como he ido tantas veces, aquí les doy unos tips: Si se inicia el recorrido desde la ciudad del Cusco, deberán tomar un colectivo en el paradero Los Pavitos a la una de la madrugada. Este transporte, por 10 soles, los llevará —en tres horas— hasta Ollantaytambo. Al llegar empezará la verdadera ‘aventura’: comprar los pasajes de tren local hacia Aguas Calientes.
Las agencias turísticas recomiendan comprar con tres días de anticipación como mínimo, pero si desean adquirirlo el mismo día, deberán hacer una cola de dos horas para —si tienen suerte— conseguir un boleto que cuesta 10 soles por tramo. Claro que existen más ofertas, de 50, 60, 70, 100 dólares.
Trenes con asientos de cuero y mesitas para tomar whisky o champán y degustar gastronomía novoandina, despachada por mozos con corbatitas michis, mientras músicos en violín ejecutan una melodía tradicional andina.
En el tren local se viaja como sardina, apretujado, de pie, pero se viaja. La incomodidad se disipa cuando van apareciendo pequeños pueblitos tradicionales de adobe y quincha.
El cielo cusqueño no tiene comparación cuando está despejado, pero tampoco tiene compasión cuando se abre y desata una lluvia torrencial que puede durar un día completo o apenas dos minutos. Y entonces desde la tierra, desde las plantas, se esparce ese olor que no se puede describir pero que todos conocemos.
Aguas Calientes es un pueblo ubicado en la falda de Machu Picchu. Es un lugar tan cosmopolita que se adaptó a las exigencias de toda clase de turistas. Desde modernísimos hoteles y restaurantes hasta su acogedor mercadito donde se puede disfrutar de un lomo saltado a cinco soles y un café pasadito a dos.
Una vez allí, pero al día siguiente de madrugada, tendrán que comprar su ticket de entrada al santuario. El costo para un peruano adulto es de 64 soles, para un estudiante universitario 32, al igual que para un niño. Al instante deberán adquirir el pasaje en bus (54 soles ida y vuelta) hacia la montaña —un viaje de veinte minutos— o si el físico lo permite, puede subir caminando.
Conocer Machu Picchu debería ser una obligación cívica. Allí uno aprende que nuestros antepasados fueron seres excepcionales, que labraron la piedra con precisión de cirujano, que convirtieron una montaña inhóspita en una ciudad moderna para su época. Fue una sociedad bien constituida, con jerarquías establecidas y respetadas. Aprovecharon el sol, la luna, el viento, el agua, para sus rituales religiosos y para su principal actividad de subsistencia: la agricultura.
Ubicar la ciudadela en la cima de esa montaña se debía a una estrategia militar, por algo los españoles nunca llegaron. Es lamentable que en los últimos años muchos turistas le pongan más atención al selfi que a las explicaciones de los guías. Y es mucho más lamentable que una gran cantidad de guías se aprovechen de eso para ofrecer un servicio deficiente y se dediquen sobre todo a ser fotógrafos.
Las ruinas de Machu Picchu se siguen estudiando, su complejidad continúa asombrando a los arqueólogos e historiadores. Los peruanos deberíamos rechazar esas teorías absurdas que aseguran que Machu Picchu fue construida por extraterrestres, y más bien debemos alentar las que señalan que la cultura incaica fue tan o más desarrollada que la egipcia o griega, a pesar de que duró apenas cien años.
Cuando tengo la oportunidad de conversar con colegas que se inician en este oficio, trato de motivarlos para que se levanten de sus asientos, salgan de la oficina y pisen la calle o, en la medida de sus posibilidades, viajen. Un viaje nos hace periodistas más sensibles, más humanos. Viajar nos hace ver la realidad desde una perspectiva más amplia y menos ajena. Apago el televisor.
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