Este Búho abre sus ojazos y no puede creer lo que está sucediendo en nuestro país. Lo que debió ser una fiesta electoral, una celebración a la democracia, terminó convirtiéndose en un zafarrancho histórico, gracias a la sospechosa incompetencia del presidente de la ONPE, Piero Corvetto.
Me pregunto, como cualquier ciudadano, si el material electoral llegó a comunidades nativas recónditas del país, en bote o lancha, si llegó a comunidades campesinas a lomo de burro, cómo es posible que no haya llegado a distritos como Lurín, Miraflores, San Juan de Lurigancho o Chorrillos, que estaban a escasos kilómetros de su depósito.
Decir que detrás hay un plan orquestado para beneficiar a unos candidatos y desfavorecer a otros no me corresponde, porque eso se investigará y se sabrá. Pero, evidentemente, este proceso ha quedado cubierto por un manto gris de sospechas, de dudas, de cuestionamientos y le abre la puerta a las narrativas de un supuesto fraude. Este acontecimiento ha vulnerado el derecho al voto de cientos de miles de peruanos, sobre todo capitalinos.
Como viejo reportero, el domingo me levanté tempranito, tomé mi cafecito pasado con mi tamal de Chincha y me puse las zapatillas. Recorrí Lima desde las 7 de la mañana para tomarles el pulso a mis compatriotas. Con tantos años cubriendo las elecciones, fue la primera vez que me topo con situaciones como esta: centros de votaciones donde a las 10 de la mañana aún no llegaban las cédulas, colegios donde al mediodía aún no se abrían las mesas. Impresoras sin tinta.
No estamos hablando de Quispicanchi en Cusco o Pampa Hermosa en Loreto, sino de centros de votaciones como el Colegio Médico o el Markham, ubicados en el corazón de Lima. En San Juan de Miraflores se formaron largas colas y vi cómo mamitas con sus hijos y abuelitos asfixiados por el calor tuvieron que retirarse de sus centros de votación después de esperar horas y horas. Nadie explicaba nada.
Hoy se sabe que los camiones encargados del transporte nunca salieron del almacén. Incluso, hasta el cierre de esta edición, un grupo de choferes se quejaban porque no había quien autorice sus salidas y seguían varados con el material en sus camiones. “He venido a cumplir con mi labor ciudadana y estoy bajo el sol hace dos horas y mi mesa no se abre”, me dijo el domingo un jovencito apurado porque tenía que ir a trabajar. Así como él, miles se retiraron a sus casas, otros miles no pudieron ejercer su derecho al voto porque sus mesas nunca se habilitaron.
Corvetto, jefe de la ONPE, salió a decir el mismo domingo que aquellos que no pudieron sufragar no serán multados. Una salida fácil y vaga. No se trata de exonerar la multa a los que no pudieron votar por su incompetencia, se trata de permitir a los peruanos ejercer un derecho constitucional dándoles todas las facilidades. Cada cinco años elegimos a quien tomará el timón de este barco y esa elección no debe estar ensombrecida por ineptitudes o ‘descoordinaciones’, porque eso generará nuevamente un quinquenio de inestabilidad política que nadie desea. Apago el televisor.
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