Román Helí Paredes publica su primer libro de cuentos "Un último round".
Román Helí Paredes publica su primer libro de cuentos "Un último round".

Román Helí Paredes creció observando desde su ventana cómo los barristas de Universitario y Alianza Lima se enfrentaban a golpes y pedradas en un descampado de San Juan de Lurigancho. Para él, aquellas peleas formaban parte del paisaje habitual de los fines de semana.

En casa, además, convivía con otra forma de lucha: la de su padre, un militante de izquierda que combatió en Playa Girón y participó, palmo a palmo, en la fundación de San Juan de Lurigancho.

Mientras crecía escuchando relatos sobre movilizaciones populares y compromisos políticos, Helí fue forjando una mirada propia. Recuerda a su padre como un hombre férreo, entregado por completo a sus convicciones. Su muerte, ocurrida hace apenas unos meses, sigue siendo una presencia cercana; no en vano, numerosos compañeros de militancia acudieron a despedirlo.

Con ese universo a cuestas —la familia, la militancia, las barras bravas y las lecturas de autores como Juan Rulfo—, Paredes publica "Un último round" (Narrar, 2026), un libro de cuentos que esperó más de una década para ver la luz.

En el camino, fue fundador de la revista independiente La Higuerilla y, tras pasar diez años inmerso en la política, impulsó el podcast literario La Collera. Ahora, con este debut editorial, tiene mucho que contar.

Óscar Colchado Lucio leyó este libro de cuentos hace diez años aproximadamente y le dio el amén, ¿por qué te demoraste tanto en publicarlo?

No sé si el amén, pero le gustó el libro, sobre todo: “Todos los hijos de puta se parecen”, por el uso de distintas formas de narrar, y el que le da título al libro: “Un último round”, supongo que porque era un homenaje a mi padre y a toda una generación a quien Óscar le tenía mucho aprecio y sobre la cual pudimos conversar un poco en su casa, en Corregidores.

Recuerdo que ese día me dijo (antes de que abusara de su confianza para pedirle que leyera el libro): “Si no escribes la historia de tu padre, lo haré yo”, y luego comenzó a recordar aquellos tiempos en Chimbote, la familia ligada a la militancia, a la lucha, y algunas anécdotas que muchas ya se han escapado de mi memoria. Supongo, que en el fondo Óscar era muy generoso y tuve la suerte —y el honor— de conocerlo, que pudiera leerme y regalarme algunas de sus palabras que sobreviven al tiempo de los hombres. Mi agradecimiento eterno a ese enorme hombre de las letras peruanas que fue, es y será Óscar Colchado.

Sobre por qué me demoré en publicarlo tanto, es algo que siempre me he preguntado y creo que he hallado la respuesta hace ya más de medio año: que hace diez años no me sentía preparado para ser “escritor” porque me faltaba mundo, madurez, conciencia de mí mismo, de mi entorno, de mi país y autoestima. Todo eso cambió en diez años, radicalmente. Y ya con todo lo que me faltaba antes y ahora poseo, y dándole algunos ajustes al libro con las recomendaciones que Óscar me sugirió, armé la versión final que finalmente está viendo la luz. No sé si llega un poco tarde, porque me hubiera gustado que mi viejo hubiera estado en la capacidad de leerlo, pero me consuela de alguna manera que haya podido ver la portada del libro y que sepa que su legado, y el de San Juan de Lurigancho —distrito que amó y al que le dedicó buena parte de su vida—, no se perderán.

Quiero creer —como lo hago en muchas partes de mi vida— que todo pasa por algo y que, en el fondo, este era el tiempo adecuado para este libro.

"Un último round" fue publicado por la editorial independiente Narrar.
"Un último round" fue publicado por la editorial independiente Narrar.

El cuento “Macedonio” es un homenaje a tu abuelo, de esos trabajadores migrantes pujantes que llegaron a Lima para fundar San Juan de Lurigancho. Tú, que has crecido en ese distrito, ¿cómo dialoga esa memoria familiar con el SJL actual, tan distinto y a la vez tan parecido al de tus abuelos?

La historia de mi abuelo es una de las más bonitas y tristes que he oído a lo largo de toda mi vida. Como casi todos los relatos de este libro de cuentos, son historias que sucedieron, modificadas para que no sean crónicas, finalmente, pero que llegaron a mi como relatos orales y que me dije a mí mismo que tenía que escribirlas en papel porque ese tipo de historias la gente debe conocerlas.

Así conocí la historia de mi abuelo, ese señor jaujino que llegó pobre a la capital y a base de puro esfuerzo; primero, se hizo profesional universitario y después puso la primera farmacia de todo San Juan de Lurigancho: Macedonio Cosquillo. Y sí, eso conecta y funge de homenaje a todos nuestros padres y abuelos que migraron del campo a la ciudad y que forjaron la Lima popular, rebosante y pujante que hoy conocemos.

Crecer en este distrito, oír estas historias, me ha permitido ser parte de ese relato de migración y superación, pero al mismo tiempo preguntarme: ¿qué somos ahora? Es una pregunta que me hago desde hace diez años cuando el libro nació. Como en el cuento de “Macedonio”, el neoliberalismo terminó arrasando con una época y una forma de comunidad expresada en la farmacia que tuvo mi abuelo y por eso San Juan de Lurigancho ya no es el mismo y quienes la habitamos tampoco: somos hijos de migrantes (mi viejo era de Áncash y mi madre de Jauja), pero no somos lo mismo y la idiosincrasia de muchos con los que crecí transita por entre los orígenes familiares y la búsqueda de definición de qué futuro —y por lo tanto qué país a nivel social, cultural y político— vamos a construir.

Para eso, necesitamos la literatura y el arte. Partiendo desde Arguedas y pasando por Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso, Óscar Colchado, Julio Ramón Ribeyro y otros más, hasta una literatura que represente con más precisión los tiempos que ahora vivimos y distritos como San Juan de Lurigancho de hoy cuyos problemas siguen manteniéndose igual que hace treinta años —como la pobreza, el racismo, la discriminación, etc—, pero que se le suman otros nuevos como el sicariato o la extorsión. Y a lo que, además, se suma la movilidad social —que no se obtuvo gracias a los políticos sino a nosotros mismos—, y que debemos preguntarnos y respondernos hacia dónde va esa movilidad: hacia una alienación (que es lo que quisieran las élites) o hacia una nueva propuesta de limeño que haga síntesis de lo que fuimos y lo que somos hoy, y que plantee un camino hacia un futuro de bienestar para todos.

Helí Paredes, tu padre, fue un militante de izquierda y a quien le dedicas el cuento y título del libro, “Un último round”. Me llama mucho la atención esta frase: “Tras una década, ya nada sería lo mismo: ni el partido, ni la izquierda ni el Perú”. ¿Alguna vez tu padre te comentó cómo era antes este país y qué sueños políticos sentían posibles en ese momento?

Mi padre y su generación creían en un cambio radical en el Perú. Para eso, se hicieron revolucionarios y creyeron —y forjaron— una militancia que dedicaba sus vidas a lograr ese objetivo, inspirados sobre todo en Cuba, en Nicaragua y otras partes del mundo y América Latina. El tipo de hombre de mi padre se preparó para morir desde los diecisiete años y creyó que moriría joven, en el fragor de la lucha. Quizás en su época, cuando era joven, eso fue posible. Sin embargo, esa revolución que soñó para su patria nunca sucedió y una de sus grandes críticas siempre fue que la izquierda prefirió la vía democrática liberal que no hacía cambios de fondo, sino reformas (que creo que no se equivocó con todo lo que estamos viendo hoy y después de decenas de campesinos asesinados en las protestas de diciembre 2022 y enero del 2023).

Luego, la izquierda fue perdiendo su dimensión comunitaria, de sacrificio, y mucha de su dirigencia —no todos, claro está— prefirió el acomodamiento personal y se abandonaron mucho de los ideales.

Lo cierto, es que luego de la irrupción de Sendero Luminosos y las masacres hacia el pueblo peruano, quedaba claro que la vía armada ya no sería más una opción en el Perú. Por eso, su generación y él se volvieron dirigentes barriales y comenzaron a apuntalar la construcción de los barrios populares donde crecimos muchos de sus hijos. ¿Cuántos de las excelsas dirigencias de izquierda nacionales, de aquellos tiempos y los que fueron viniendo, los hemos visto en eso? Casi a nadie. La mayoría se alejó del movimiento popular y se sentaron a descansar en sus cómodos sillones y sus casas residenciales, mientras seguían hablando de cambios y revolución.

Hace poco falleció mi viejo. A su velorio, asistieron muchos dirigentes populares de todo San Juan de Lurigancho, militantes de base de la izquierda, a despedirlo y lamentar su partida.

"Yo siento que a San Juan de Lurigancho le tengo una deuda", dice el escritor peruano en esta entrevista.
"Yo siento que a San Juan de Lurigancho le tengo una deuda", dice el escritor peruano en esta entrevista.

En “Un último round” también hay una sensación de derrota generacional, como si ciertos ideales hubieran terminado golpeados por la realidad peruana. ¿Crees que tu libro también conversa con esa desilusión política y social?

Sí, va un poco en la línea de lo dicho anteriormente. Pero, más que golpeados por la realidad peruana, termina golpeado por las decisiones de una izquierda que decide abandonar lo popular. Antes, en la época de Vanguardia Revolucionaria, Izquierda Unida y el PUM, la izquierda peruana era la más fuerte de América Latina. ¿Qué pasó con eso? Creo que la respuesta está en las decisiones erradas que tomaron muchos de sus dirigentes que estuvieron alejadas de un correcto entendimiento del país que vivían.

Entonces, sí, hay una generación derrotada, desilusionada, pero que, a pesar de eso, siguió avanzando. Creo que eso es lo que más marcó como carácter a la generación de mi padre y el tipo de hombre que fue: que lucharon hasta el último respiro. A pesar de todas las derrotas y todas las desilusiones, ellos decidieron seguir creyendo y seguir luchando.

El tema LGBTI también está presente en el cuento “Acompáñame a morir”. Allí aparece el sufrimiento, pero también una decisión de vivir sin miedo: “Nunca esperamos nada después de la vida, así como tampoco hicimos mientras vivimos”. ¿Qué te interesaba explorar de esa marginalidad emocional?

Cuando creces en un distrito como San Juan de Lurigancho, compartes vida y barrio con distintas formas de marginalidad. Está la pobreza, la delincuencia, la prostitución y también está la homosexualidad que es especialmente marginada en una Lima conservadora y homofóbica. Así, además, entiendes que no hay ser más golpeado que una persona homosexual de cono: lo atraviesa la cuestión de clase, de género y todas las taras mentales que arrastramos de la colonia como el racismo y la homofobia.

En ese sentido, para un limeño conservador, no hay nada “peor” que un homosexual de cono: cholo, serrano y pobre. Por eso, siempre los consideré importantes dentro del día a día del distrito y si iba a escribir de San Juan de Lurigancho, no podía dejarlos de lado y que expresaran todo lo que digo: los personajes de ese cuento encarnan todos los “males” que muchos limeños quisieran simplemente desechar. Sin embargo, no pueden hacerlo porque resisten como la higuerilla de la que nos habló Ribeyro, en los parajes más escarpados que son los lugares más oscuros del espíritu del hombre.

Creo que ese cuento lo escribí bajo esa admiración de ese carácter que yo —y creo que tú tampoco— podríamos templar. En ese sentido, esa resolución, esa rebeldía, ese desenfado y obstinación, me recuerdan al carácter de mi viejo y de toda esa generación de la que hablamos. Espero que ese cuento sea del agrado de la comunidad LGTBI que viven en nuestros conos y luchan día a día contra todo.

Hay algo latente en “Un último round”: lo fantasmal, lo fantástico, los muertos que siguen hablando desde el presente. Pienso en cuentos como “Acompáñame a morir”, “84.7”, sobre el periodista Pedro Yauri, o “El cautivo”. ¿Sientes que el Perú es un país donde el pasado nunca termina de irse?

Creo que eso sucede porque mi escritor favorito es Juan Rulfo y es inevitable que salgan referencias a él. Es también un diálogo, si me pongo a pensarlo, con nuestra herencia ancestral donde la muerte no es una despedida sino un “hasta que nos volvamos a encontrar” porque el espíritu sigue caminando solo que por otras latitudes a las que nosotros aún no accedemos. Y lo fantástico entra dentro de esa tradición peruana y latinoamericana.

En el caso de “Acompáñame a morir” y “El cautivo”, creo que tiene que ver con historias con las que crecimos y nos marcan. Por ejemplo, en el primero: fantasmas que siguen hablando a pesar de estar muertos. Y en el otro, se desborda por la fe y el amor de nuestros seres queridos cuando nada más ya parece que puede sostenernos. Más que el pasado que nunca se va, son los personajes los que siempre vuelven una y otra vez.

En “84.7” trabajas, además, la violencia política y la memoria. ¿Cómo fue escribir sobre una figura como Pedro Yauri y acercarte literariamente a una herida tan sensible del país?

Pedro Yauri fue un periodista de Huacho asesinado por el grupo Colina y la dictadura fujimorista. Nuestras luchas, no son solo contra el hambre, la delincuencia o la ignorancia. Es también contra quienes quieren que olvidemos lo que nos hicieron como país, las familias que rompieron, que destrozaron, en su afán de levantarse con impunidad este país y llenarse los bolsillos de plata.

Por eso, cuando conocí la historia de Pedro, supe que tenía que escribirla y ligarla, de alguna manera, a lo que se vive hoy también en las generaciones actuales para que se pueda encontrar en hombres como Pedro, el profundo sentido de la misión en nuestras vidas que él tuvo bastante claro: ayudar a otros a través de la denuncia y el periodismo.

Para acercarme a su historia, investigué sobre su caso, pero también averigüé sobre su persona: quién era, qué le gustaba, a quiénes amaba. Tuve la oportunidad de conversar con una de sus hijas, quien amablemente me contó sobre su padre. Espero que este cuento, que también es una especie de homenaje para Yauri, sea de su agrado.

Creciendo en San Juan de Lurigancho, el tema de las barras bravas es algo que está presente, y eso se nota en “Todos los hijos de puta del mundo se parecen”. Sin embargo, el cuento también tiene una dimensión muy corporal, violenta y erótica a la vez. ¿Te interesaba mostrar cómo la masculinidad barrial muchas veces mezcla afecto, violencia y deseo?

Como se repite a lo largo del libro, muchas de estas historias las he vivido de cerca. Mientras crecía —debes recordarlo— las barras bravas estaban en su “apogeo” máximo y cada fin de semana se peleaban en mi cuadra a chavetazos y piedrones. Siempre me pregunté el por qué y cuando fui creciendo lo fui entendiendo y cuando lo escribí quise plasmar todo eso y más en un solo cuento: todas las miserias que se pueden vivir en un barrio conero están ahí presentes. Por eso, hay delincuencia, asesinato, violación, violencia y en todo eso siempre está atravesada la masculinidad, el afecto, el deseo, la sexualidad deformada por la propia sociedad. Entre eso crecimos. Pero, también hay aquellas ganas de salirse de toda esa mierda y ser distintos.

Quizás, aprender, de alguna manera, a ser un tipo de hombre que no nos enseñaron: buen hijo, buen hermano, buen padre, buen ciudadano. Lamentablemente, no todos lo logran.

¿Qué sientes por el distrito donde creciste y te desarrollaste como persona, al punto de hacerle un homenaje a sus fundadores, como tu padre y tu abuelo?

Como siempre le digo a mi esposa, yo siento que a San Juan de Lurigancho le tengo una deuda: soy lo que soy por mi viejo, mi madre, pero también por el barrio donde a pesar de todo aún existe comunidad. Espero algún día poder retribuirle como lo merece porque si hay algo que creo con efervescencia es que el cono tiene derecho a vivir bien, no solo con dignidad, sino VIVIR BIEN en mayúsculas: a comernos una buena carne, tomarnos una buena chela, un buen vino, tener grandes y bonitos parques, pistas, veredas y más. El vivir bien no debe estar limitado solo a los ricos. Y espero, alguna vez, poder contribuir a eso.

Después de publicar este libro, ¿qué sensación te queda? ¿La de haber cerrado una etapa personal o la de haber abierto nuevas preguntas sobre tu propia historia familiar y el país?

Este es un libro que tenía atravesado durante más de diez años. Ahora que ya está publicado, siento una tranquilidad y que pude expresar mis obsesiones como yo quería, obsesiones que me perseguían quién sabe por qué como el cuento del Señor Cautivo de Ayabaca, que nunca pude dejar de lado y del cual necesitaba escribir.

Creo que este libro abre nuevas preguntas, pero sobre todo me plantea un camino que sé que quiero seguir explorando.

Por ejemplo, estoy haciendo una novela donde profundizo esta relación familiar conera, ya no como homenaje, y me meto en la historia del país actual a partir del 2022. No sé cuánto tiempo demoraré en todo esto, solo espero que no sean diez años más, pero ahí vamos.

TE PUEDE INTERESAR:

Contenido sugerido

Contenido GEC