
Como suelen actuar los viejos politiqueros de izquierda, el candidato presidencial Roberto Sánchez está recurriendo a los más rebuscados pretextos para no reconocer que los votos no lo han favorecido. Está aplicando un método que suelen utilizar los seguidores de su línea ideológica: inventar una narrativa, tergiversando la verdad de los hechos, para aparecer como víctima de un inexistente fraude electoral.
Se proclamó ganador con un ‘balconazo’, el mismo día de las elecciones, a sabiendas que el conteo rápido daba un empate técnico con la candidata Keiko Fujimori. Su ventaja era de apenas cuatro décimas, o sea, nada: el margen de error era de 1.9 por ciento, tal como lo remarcó, claramente, Alfredo Torres, presidente de Ipsos Perú, al momento que dio a conocer esa votación.
Cuando los resultados le empezaron a ser adversos la emprendió contra Torres y puso en marcha un discurso, según el cual existen ‘maniobras’ para arrebatarle el triunfo, que nunca lo tuvo. Él y su cúpula han llamado al ‘pueblo’ a defender su voto, bajo la fachada que sus seguidores se ‘autoconvocan’.
Varias versiones advierten que el candidato pretendería incendiar la pradera con protestas violentas y movilizaciones hacia Lima. Antauro Humala, su socio y asesino de policías, es experto en esas algaradas. Lo mismo que el dirigente puneño Lucio Ccallo Ccallanta, quien ha amenazado con movilizar a sus comunidades si el triunfo le favorece a Keiko Fujimori.
En ese plan de no querer reconocer su cantada derrota, Sánchez presentó cuatro recursos para anular 2400 mesas de votación. La solicitud fue rechazada, pues no adjuntó el pago de las tasas legales, que sumaban tres millones de soles.
Para este columnista, sin embargo, ese cuantioso monto no era el problema para Sánchez y su partido Juntos por el Perú. Es público que su campaña ha sido financiada por la minería ilegal, que maneja millonadas de dinero. Esa cantidad de plata es apenas un rasguño para esa actividad.
El candidato no persistió en esa solicitud porque sabía que iba a perder, su reclamo era solo una jugarreta, una mentira, pues en varias de esas mesas él había ganado ampliamente a Keiko; y porque, además, ese millonario desembolso hubiese sido sujeto a ser fiscalizado para conocer su procedencia.
Por si fuera poco, su partido abrió una cuenta para que sus adeptos aportaran, aunque sea un sol, hasta llegar a ese monto, pese a que el plazo para su reclamo ya había pasado. Otra mentira. Ojalá que lo recaudado no termine en las cuentas de su hermano Ricardo, quien tiene una investigación por apropiarse de aportes de los partidarios de Juntos por el Perú.
Sánchez se está quedando solo. Sus socios que se unieron a él en la recta final de la segunda vuelta —encabezados por el también izquierdista Alfonso López Chau— se han esfumado, al igual que sus sueños de ocupar cargos importantes que les había ofrecido si ganaba las elecciones.
Sánchez no solo es un mal perdedor. Es un peligro por las acciones violentistas que podrían desencadenar sus huestes. Las fuerzas del orden deben estar atentas. Nos vemos el otro martes.
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