El caso de Milena Tapullima estremeció al país y dejó una herida abierta que, para su familia, sigue sin cerrar. La historia de esta joven trabajadora, que había dedicado años a ahorrar para cumplir su sueño de tener un negocio propio, terminó convertida en una de las tragedias más crueles registradas en los últimos años.
Milena Tapullima Magipo tenía 31 años. Era natural de Loreto y la quinta de ocho hermanos que habían llegado a Lima en busca de trabajo y oportunidades. Desde 2009 laboraba en una fábrica de plásticos, donde se había ganado fama de responsable. Hacía horas extras, guardaba cada sol y repetía a su familia que no quería trabajar siempre para otros.
Con ese esfuerzo logró comprar un terreno en la asociación San Antonio de Padua, en San Juan de Lurigancho. Allí imaginaba levantar una casa y, quizá, iniciar el negocio propio con el que soñaba desde hacía años.
En ese mismo trabajo había conocido a José Luis Ramírez Ramírez. Comenzaron una relación en 2011. Al principio, para la familia de Milena, él parecía una persona tranquila, alguien que trataba bien a la joven y que no despertaba sospechas.
Con el tiempo, sin embargo, la relación empezó a mostrar otra cara. Según relataron sus familiares, cuando comenzaron a vivir juntos José Luis empezó a alejarla de los suyos. Cuando alguien iba a visitarla, la recibía en la puerta.
También le imponía reglas. Le prohibía maquillarse, usar ciertas prendas o visitar a su madre. Incluso había escrito un papel con indicaciones sobre lo que debía o no debía hacer dentro de la casa. “Él le ponía un letrero en el cuarto, un papel grande escrito diciendo ‘no salir’, ‘no ir a visitar a tu madre’, ‘a tu familia’, ‘no comer cebolla’, ‘no maquillarte’, ‘no vestirte así’. Era un reglamento bien escrito para ella”, narró su hermana, Heidi Tapullima.
Años después él fue despedido de la fábrica por robar. Desde entonces, según su familia, fue Milena quien lo sostuvo económicamente. Con sus propios ahorros compró el terreno y también una furgoneta que puso a nombre de él para que trabajara como taxista.
Con el paso del tiempo, José Luis empezó a insistirle en que renunciara al trabajo. Le decía que, tras más de una década en la empresa, recibiría una liquidación cercana a los 50 mil soles. Con ese dinero —le repetía— podrían abrir el negocio propio que ella siempre había querido.
El 16 de diciembre de 2018 fue la última vez que la familia escuchó la voz de Milena. Ese día llamó a una de sus hermanas y le dijo que viajaba a Tingo María con familiares de José Luis para iniciar su proyecto.
Su familia creyó en sus palabras. Durante días siguieron llegando mensajes de WhatsApp desde su teléfono en los que decía que todo marchaba bien. Incluso, semanas después, comunicó por ese mismo medio que estaba embarazada.
Pero algo no encajaba. Milena nunca contestaba llamadas. Solo enviaba mensajes breves, sin audios, fotos ni videos. Aun así, su familia trató de confiar en que estaba comenzando una nueva vida.
Mientras tanto, José Luis intentó cobrar la liquidación laboral de Milena. Presentó un documento que supuestamente le daba poder para hacerlo, pero la empresa exigió la presencia de la trabajadora para entregar el dinero.
Luego se descubriría que ese documento había sido adquirido en Azángaro, una calle del centro de Lima conocida por la falsificación de documentos.
Pasaron dos meses desde el supuesto viaje a Tingo María. La madre de Milena, una hermana y una tía decidieron viajar hasta Huánuco para buscarla. Pero en el lugar donde José Luis dijo que estaba el negocio no encontraron absolutamente nada.
Al regresar a Lima fueron al terreno que Milena había comprado en San Juan de Lurigancho. Allí estaba la furgoneta de José Luis. El hombre bajó a su encuentro y dijo que Milena no había podido viajar porque estaba embarazada y no quería ver a su familia.
Sus explicaciones no convencieron a nadie. Una de las hermanas notó que salía humo de la pequeña construcción levantada en el terreno.
Impulsada por la desesperación, corrió hacia la vivienda. Dentro había un cilindro en el que algo se estaba quemando. Pidió agua, la arrojó para apagar las llamas y metió la mano entre los restos.
Lo que encontró fue la cabeza de su hermana.
En ese momento José Luis Ramírez huyó del lugar. Sin embargo, con el apoyo de vecinos, amigos y la difusión del caso en medios de comunicación, la policía logró capturarlo horas después.
Durante la investigación, los peritos hallaron restos humanos en el cilindro: fragmentos de cráneo, vértebras, costillas y otras partes del cuerpo. La identificación resultó compleja debido al estado en que se encontraban.
Finalmente se recuperaron tres dientes —una premolar, un canino y un lateral inferior— que permitieron realizar pruebas de ADN a partir de la pulpa dental.
La evidencia confirmó lo que la familia temía.
Ante los investigadores, José Luis Ramírez terminó confesando el crimen. Admitió que había matado a Milena en diciembre, que nunca viajaron a Tingo María y que, tras asesinarla, enterró el cuerpo en el terreno.
Dos meses después, presionado por las sospechas de la familia, decidió desenterrarlo y quemar los restos en un barril para borrar cualquier rastro.
“¿Por qué decides desenterrarla y empezar a quemarla?”, preguntó el agente. “Porque tenía miedo a que su familia se entere, por ese motivo”, respondió el detenido.
Así terminó la historia de una mujer que había dedicado más de una década a trabajar y ahorrar para cumplir sus sueños. Una vida que terminó en manos de la persona en quien más confiaba. Y un caso que, para su familia, sigue siendo imposible de olvidar.
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