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Patrick Pareja Flores: “La Amazonía sigue siendo un territorio olvidado, parece una región apartada del Perú”

Pobreza, violencia y supersticiones. Así es el Iquitos que el escritor loretano retrata en “Ante los ojos de la noche”, su primera novela, donde las voces de dos mujeres nos llevan por el lado más crudo de la Amazonía de los años 90.
Patrick Pareja Flores retrata en "Ante los ojos de la noche" una Amazonía alejada de la postal turística.

En Iquitos, el río Itaya alimenta, ensucia, esconde secretos y también sirve de testigo. A sus orillas transcurre “Ante los ojos de la noche” (Animal de invierno, 2026), primera novela de Patrick Pareja Flores, una historia de pobreza, violencia, supersticiones y supervivencia ambientada en la periferia de Belén.

Entre el calor, los bares, el chisme y los malos presagios, el escritor loretano construye una Amazonía alejada de la postal turística y mucho más cercana a sus heridas.

La novela sigue las historias de Darlin y Meri en dos momentos de los años noventa, mientras personajes atrapados en la precariedad intentan sobrevivir en un territorio donde el Estado aparece y desaparece.

Hay algo que se nota mucho en la novela: la oralidad amazónica tiene un peso muy fuerte. El ritmo, las palabras regionales, la cadencia de las voces. ¿Qué tan importante era para ti que el lenguaje también contara la historia?

Fundamental. Para mí el lenguaje no tiene que ser plano. Necesitaba que tuviera fuerza, que al leerlo incluso en voz alta sonara bien. La oralidad amazónica es muy rica. La forma de hablar del amazónico es interesante de escuchar, y seguramente tú mismo notas que cuando hablo se me sale el dejo, la forma de ser. Y esa forma de ser incluye la ironía, el dolor, la burla. El amazónico suele reírse de su propio sufrimiento.

Quería que todo eso apareciera en la novela. Si hubiera utilizado un lenguaje estándar, sin pensar en la oralidad y en el lugar geográfico al que pertenecen los personajes, habría sido una novela muy distinta, quizá neutra y aburrida. Para mí era necesario que el lector sintiera el ambiente, las calles, el río, el pueblo, la música que suena por todos lados. Todo eso forma parte del ser amazónico: bailador, parlanchín, dicharachero, sociable.

Además, está el reto de no volverlo caricaturesco.

Exacto. Ahí está la dificultad. Uno tiene que trabajar ese lenguaje con mucho cuidado para que suene original, para que pueda universalizarse sin caer en lo ridículo ni en lo torpe. Incluso escribir desde la mirada de las mujeres fue un reto complicado. Espero haberlo superado.

En la novela aparecen elementos de la cosmovisión amazónica: malos presagios, sueños o señales. ¿Qué papel cumple ese imaginario dentro de una historia tan realista y social?

Es esencial, casi un personaje más. Sin esos elementos no funcionarían ni el inicio ni el final de la novela. En la Amazonía la cosmovisión está ligada a la realidad. Lo que desde fuera podría parecer un invento o un rasgo de realismo mágico, para nosotros es algo cotidiano.

Allá se cree mucho en los sueños. Si sueñas que estás muerto, te auguran una vida larga; si sueñas dinero, significa que no habrá dinero; si una víbora te persigue en sueños, alguien podría estar traicionándote. La gente toma decisiones a partir de esas señales.

O sea que el presagio forma parte de la vida diaria.

Totalmente. Y también las enfermedades extrañas suelen atribuirse a fuerzas misteriosas. Muchas personas acuden al chamán o al brujo buscando respuestas. Ese pensamiento está muy arraigado en toda la Amazonía.

Una Amazonía sin postal turística. Pareja Flores lleva al lector a las orillas del Itaya en "Ante los ojos de la noche". (Animal de invierno)

Hay otro elemento muy poderoso: el río Itaya. No aparece solo como paisaje, sino como una presencia constante, vital y al mismo tiempo contaminada.

El Itaya alimenta a muchísima gente. Los peces que se venden en Belén salen de ese río, pero al mismo tiempo recibe desechos humanos, basura, aguas servidas. Hay baños flotantes sobre balsas que descargan directamente al agua.

Yo conviví con esa realidad desde niño. Recuerdo ir a bañarme al río con los amigos y ver flotando de todo. Era parte de la vida cotidiana. Antes muchas familias también tomaban agua del río, la asentaban y la hervían.

Es una contradicción brutal: dependes de aquello mismo que está contaminado.

Exactamente. El río sostiene la vida de la ciudad, pero también muestra el abandono estructural que existe alrededor de Belén.

Y ese abandono se relaciona con otro tema muy presente en la novela: la ausencia del Estado.

Por supuesto. Quise retratar esa desidia. El Estado está y no está al mismo tiempo; sabemos que existe, pero su presencia resulta casi fantasmagórica. Tiene intenciones, pero pasan los años y las cosas no cambian.

Belén sobrevive como puede. La gente hace enormes esfuerzos para seguir adelante, pero el retraso es evidente. No se trata solo de embellecer un barrio para volverlo pintoresco, sino de garantizar condiciones dignas de vida.

Hay una parte que describe la novela que hay casas donde todo se escucha, no existe mucha privacidad. El chisme parece convertirse en una forma de convivencia.

Depende de la zona, claro, pero en muchos lugares las casas están separadas solo por tablas, madera o triplay. Se escucha todo: conversaciones, discusiones, risas, llantos. Yo crecí en un entorno donde todavía existían muchas viviendas así. Por eso me gustó jugar con la idea de que la privacidad es pública. Todos terminan sabiendo algo de los demás.

Acabas de soltar una frase que podría ser titular.

(Ríe) Sí, porque además sostengo que el hombre es más chismoso que la mujer; lo afirmo sin problemas.

Más allá de la broma, ¿crees que el Perú sigue mirando a la Amazonía como un territorio olvidado?

Estoy convencido de que sí. La Amazonía parece una región apartada del país, como si perteneciera a otro territorio. Llegar implica viajar por río o por avión, y desde Lima muchas veces se piensa: “allá viven como pueden”.

Y eso que estamos hablando solo de Iquitos. Si miras las zonas de frontera, el panorama es todavía más grave: alimentos carísimos, trata de personas, desnutrición, malos indicadores educativos, minería ilegal, tala indiscriminada, contaminación de los ríos. Todo eso revela la ausencia de políticas de Estado sostenidas.

Además, cuando la Amazonía protesta, suele ser vista como problemática.

Ese distanciamiento ha permitido que muchos males se profundicen. Y lo peor es que sí hay dinero; el problema es cómo se ejecuta. Se anuncian proyectos, se colocan primeras piedras, se gastan millones, y al final no cambia nada esencial.

Pese a todo, en “Ante los ojos de la noche” las mujeres aparecen como un eje fundamental de resistencia y sostenimiento de la vida cotidiana.

Porque lo son. En los mercados amazónicos, gran parte de las personas que venden pescado, comida o verduras son mujeres. Son ellas quienes empujan el hogar y sostienen a la familia incluso en condiciones muy difíciles.

Eso no es una idea abstracta para mí: lo vi en mi propia casa. Mi madre y mi abuela sacaron adelante a la familia con enormes limitaciones económicas. Creo que esa fortaleza femenina es una de las grandes columnas invisibles de la Amazonía.

¿Y esa experiencia personal terminó filtrándose en la novela?

Sí, porque uno escribe desde lo vivido. Puede inventar personajes y situaciones, pero hay una memoria emocional que siempre regresa. En mi caso, esa memoria está hecha de río, calor, mercado, mujeres trabajando, precariedad, humor y resistencia. Todo eso terminó entrando en “Ante los ojos de la noche” casi de manera inevitable.

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