UN TROME DE LA CONSTRUCCIÓN. Don Dionisio (62) no siempre fue un emprendedor exitoso. Para ser considerado como tal y ganarse el respeto de sus pares, tuvo que saltar obstáculos y trabajar en lo que podía. Vendió pollo, limones, artefactos y hasta periódicos.
A los 13 años llegó a Lima desde Ayacucho, con muchos sueños por cumplir, pero su determinación y profunda resiliencia lo llevaron a concretar aquello que parecía inalcanzable y que hoy es motivo de orgullo.
Nunca dijo no a las oportunidades y siempre supo que debía trabajar el doble. “Viví en una zona donde tiempo después hubo una invasión. Entonces, vi la oportunidad y compré palos y unas planchas de esteras y los vendí en un día. Así, empecé y seguí invirtiendo”, recuerda el hoy padre de familia.
Con una sonrisa y gesto de satisfacción por el camino andado, don Dionisio cuenta que abrió su ferretería en 1994, hace 32 años, para abastecer de materiales a las familias que empezaban a poblar la zona. “Con mi esposa nos levantábamos de madrugada y al inicio trabajábamos de lunes a domingo”, rememora.
Tenía clientes fijos, que eran sus vecinos y las familias recién llegadas, pero él quería más. Un día, cuenta, quiso establecer contacto con un ingeniero para promocionar su negocio y ponerse en el radar de nuevos maestros de obra.
“Invité a comer a un ingeniero, pero este llegó con todos sus compañeros. Recuerdo que gasté más de lo que esperaba por esa comida, pero valió la pena porque me recomendó con ellos y hasta ahora trabajamos juntos”, sostiene.
Actualmente, se encarga de las labores más livianas, y aprendió a delegar, pues uno de sus hijos ya tomó la posta del negocio, que poco a poco sigue creciendo.
Además, Progresol es pieza fundamental en el funcionamiento de esta ferretería, apoyándola con regalos y charlas esenciales para reforzar conocimientos. Así, no solo prosperó el dueño, sino también todo su entorno.
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