
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un pescadito frito con frejol, arrocito y ensalada fresca. Para tomar pidió una jarrita de anís calientito. “María, hace unos días la Policía capturó al cabecilla y siete integrantes de la banda venezolana ‘La Dinastía Tocorón’, que asaltó una armería en Surco y robó 30 armas de fuego. Fue tras un infernal tiroteo.
Cuando el fiscal y los detectives realizaban las pericias en el lugar que era su guarida, dos sujetos en moto dispararon a los agentes para tratar de rescatar a su cabecilla de alias ‘Locura’, lo cual es una demostración de lo demencial que es esa organización criminal.
Por eso es de aplaudir que el gobierno haya empezado a expulsar del Perú a los extranjeros delincuentes, ilegales o con antecedentes. Por el momento han sido tres, con el correr de los días deberían de ser decenas o cientos.
De forma paralela debemos reforzar las fronteras, pues muchos de los delincuentes expulsados regresan como si nada para delinquir. Los venezolanos, salvo excepciones, llegaron para liderar la trata de blancas, las extorsiones, el sicariato, el narcotráfico, los asaltos y secuestros, además de meterse en la minería ilegal.
Mucho ojo a esto: El número de venezolanos recluidos en las cárceles peruanas se ha incrementado en los últimos años, alcanzando una cifra de entre 3 mil 700 y más de 4 mil 360 internos, lo que representa más del 70% de la población penitenciaria extranjera en el país. Por lo menos tres veces más de esa cantidad están libres, matando peruanos, torturando a secuestrados o asaltando a honestos trabajadores.
Bótenlos, búsquenlos como quien busca ratas, enciérrenlos de por vida en una prisión ubicada en la puna y golpeen todos los días sus guaridas. Encuentren sus cuentas bancarias, sus inversiones y sus propiedades. Y no les hagan caso cuando los acusen de xenofobia.
El Perú está en guerra contra el hampa y aquí no debe haber misericordia. La expulsión es una gran opción para deshacinar nuestras prisiones. Ya suficiente tenemos con los hampones locales”. Gary tiene razón. Me voy, cuídense.








