
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un tallarín saltado de pollo con su ajicito molido. Para tomar pidió una jarrita de refresco de carambola. “María, esta vez me tocó chambear en Fiestas Patrias para cubrir la asunción del mando de Keiko Fujimori y la Gran Parada Cívico Militar en la avenida Brasil. Me quedo con una de las frases de la flamante presidenta: las pérdidas por la corrupción en los últimos años en el Perú alcanzan los 24 mil millones de soles. Una barbaridad. Con toda esa plata fácil se hacían veinte hospitales de primer nivel, 100 colegios emblemáticos, se terminaría la Línea 3 del Metro y se culminaría la esperada nueva Carretera Central.
Los ladrones metidos en la política se han convertido en todos unos expertos en robarle al Estado. Una de las modalidades son las famosas ‘adendas’. Se firma un contrato para construir una carretera, un puente o un aeropuerto. Este es monitoreado por la prensa, Contraloría y órganos supervisores. Y luego se firma. Pero tiempo después, cuando los reflectores se han apagado, la empresa y el corrupto funcionario deciden renegociar el contrato y poner una ‘adenda’ beneficiosa para la compañía deshonesta. Y nadie se entera.
Otras son las obras direccionadas e infladas en municipalidades, gobiernos regionales o ministerios. Todos tienen su tajada y el ‘diezmo’ para los funcionarios corruptos ya es casi una una práctica legal, natural. La presidenta Keiko Fujimori tiene la obligación de acabar con esto. Por eso ha puesto a gente necesaria en algunas carteras.
Muchos critican a Rafael Rey en Transportes y Comunicaciones, a Juan Sheput en Trabajo o Carlos Espá en la Cancillería, pero ellos garantizan honestidad, que es lo que se necesita en el aparato estatal. Basta de ladrones de cuello y corbata que han tomado la administración pública como su botín. Debemos extirpar el cáncer de la corrupción, lo mismo que la extorsión, el sicariato o el secuestro. Hay que auditar a los gobiernos regionales, municipios y direcciones ministeriales. Solo así saldremos adelante”. Gary tiene razón. Me voy, cuídense.








