Este Búho es católico y se entusiasma con la visita del santo padre León XIV. En menos de un mes, Robert Prevost, nacido en Chicago, pero con el corazón chiclayano, pisará nuevamente el Perú y regresará a su terruño a probar el seco de cabrito o su arroz con pato. En estas fechas, no puedo evitar recordar mi pasado como acólito en la iglesia San Francisco, en Tablada de Lurín.
Los fines de semana iba con algunos amigos del barrio a ayudar en la misa al padre Juan. Aunque era una iglesia pequeña, las ceremonias de los domingos en la mañana y en la tarde se llenaban de feligreses y ahí en el altar, nosotros, con túnicas blancas, asistíamos al sacerdote en la consagración del vino y las hostias.
Pero no todo era rezar o leer la Biblia, éramos chiquillos curiosos y palomillas. Una travesura que recuerdo de aquellos años era cuando a hurtadillas cogíamos el vino de misa y tomábamos pequeños sorbos.
Recuerdo que era un líquido suave que recorría la faringe, el esófago y caía sobre el estómago como una plumita de ganso. El dulzor permanecía en el paladar dos o tres minutos.
Su sabor dulce era engañoso, porque muchas veces pude ver curas padeciendo sus estragos con solo tomar un chorrito. La primera vez que cogimos una botella de vino, la manchita de chibolos sentimos vergüenza, culpa y hasta miedo.
Pero luego recordamos lo que decía el párroco durante la eucaristía: “El vino es vino y la hostia es hostia si aún no fueron consagrados. Se convierten en cuerpo y sangre de Cristo después de la bendición”. Y nos aliviábamos. Retomando: el vino siempre se guardaba en la sacristía y como acólitos teníamos pase libre a ese ambiente sagrado.
Procurábamos persignarnos antes de coger la botella, porque ya saben, Dios tiene ojos en todas partes. Nunca lo hacíamos solos, siempre en grupos de tres o cuatro. Nos escondíamos en el oratorio porque era el único ambiente que paraba vacío y ahí, sin culpa de ir al purgatorio, ‘chupábamos’ el vino mientras reflexionábamos sobre la vida y frente al Cristo crucificado.
Obviamente, no bebíamos todo el líquido, porque luego rellenábamos la botella con agua para no dejar evidencias de nuestra travesura. Así nadie lo notaría y si lo notaban ya habría pasado mucho tiempo. Había una regla entre nosotros, no revelar este secreto en una confesión, porque además de la penitencia, el cura podría guardar el vino en otro lugar. Y eso hubiera sido una pena.
Sin embargo, un día todo salió mal y fue el día en que mi grupito se confirmaba. Para celebrar aquella fecha especial decidimos hacer esa travesura por última vez. Nos entusiasmamos tanto que nos bebimos casi toda la botella del vino. Cuando me tocó recibir la hostia, el cura dijo: “Que el Señor esté con vosotros”.
Y yo respondí equivocadamente: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Con una mueca de sorpresa, el cura me miró y entendió que yo —junto a mi mancha— nos tomábamos su vino y que él erróneamente sospechaba del guitarrista del coro, porque tenía pinta de guarapero.
Recuerdo que me tronó un coscorrón en la cabeza y me pidió que nunca más vuelva a tocar su vino, porque era pecado. Luego de eso me tocó rezar cinco padrenuestros y siete avemarías para limpiar mi alma. Luego de mi confirmación, reafirmé mi fe en Cristo, en mi religión y en mi gusto por el vino. Aunque ahora no voy tantas veces a misa como quisiera, soy fiel creyente de Dios. Cuando las cosas van mal me encomiendo a él, cuando van bien se lo agradezco.
El día que se anunció a Prevost como nuevo papa y más aún cuando se dirigió a su diócesis de Chiclayo, para los peruanos fue un día histórico, de gran alegría, por eso su llegada ha generado una descomunal expectativa. En especial para este columnista. Apago el televisor.
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