Este Búho ha escrito ríos de tinta sobre el inmenso Gabriel García Márquez. Mis fieles lectores saben que soy hincha del colombiano desde chibolo. Devoraba sus obras en las gradas del estadio de San Marcos. Incluso, viajé hasta Aracataca para visitar su casa y recorrer los lugares donde pasó su infancia. En 2027 se celebrarán sus 100 años de nacimiento. Hace poco releí un hermoso libro: ‘Gabo y Mercedes: Una despedida’, escrito por Rodrigo, hijo de la pareja.
Se trata de un relato íntimo que cuenta los últimos días del premio Nobel de Literatura. Desde la privacidad, desde la mirada más cercana, Rodrigo reconstruye el ocaso de una de las mentes más creativas y prodigiosas de la lengua castellana. Acaso el escritor más querido en Latinoamérica. Rodrigo cuenta al detalle ese viaje que inició la familia cuando en marzo del 2014, el autor de ‘Cien años de soledad’, débil, víctima del cáncer, pescó un resfriado y su madre, Mercedes Barcha, le anunció por el teléfono: ‘De esta no salimos’.
En el libro nos lleva de la mano por los rincones de esa hermosa casa que su padre habitó durante gran parte de su vida en Ciudad de México. Nos abre la puerta de su estudio y su habitación, de su cocina y de su jardín. Nos presenta a personajes tan importantes en la vida de ‘Gabo’ como sus asistentes y secretarias, como su chofer y su cocinera. Además de sus enfermeras.
Mientras tanto, va relatando puntillosamente -y con el debido respeto- las vicisitudes de su padre camino hacia la eternidad. A los 87 años Gabo ya tenía la memoria borrascosa, pero conservaba intacta su picardía caribeña. Su hijo lo recuerda así: “El sonido de un coro de voces femeninas a veces lo despierta. Abre los ojos y se le iluminan tan pronto como las mujeres se dan vuelta hacia él y lo saludan con cariño y admiración. En una de esas ocasiones estoy en el cuarto de al lado, cuando escucho al grupo de mujeres riéndose a carcajadas. Entro y pregunto qué pasa. Me dicen que mi padre abrió los ojos, las miró con atención y dijo tranquilamente: ‘No me las puedo tirar a todas’”.
‘Gabo’ renegaba porque una de las cosas que más odiaba de la muerte era que no podría escribir sobre ella. Entonces su hijo lo redime. Con cierto pudor, con cierta culpa, pero convencido de que sigue las instrucciones de su padre: “Si puedes vivir sin escribir, no escribas”, le dijo alguna vez.
El libro también está cargado de escenas que revelan el lado más humano y privado de Gabo. Por ejemplo, retrata una de las conversaciones más emotivas que el autor de ‘Del amor y otros demonios’ tuvo con su fiel secretaria en tiempos en que la memoria le fallaba y olvidaba los nombres de sus hijos, de su esposa y releía sus propios libros sin entender muy bien de qué iban.
“Su secretaria me cuenta que una tarde lo encontró solo, de pie en medio del jardín, mirando a la distancia, perdido en sus pensamientos. ‘¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?’ ‘Llorar’, respondió. ‘¿Llorar? Usted no está llorando’. ‘Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda?’”.
El día de su muerte, un 14 de abril de 2014, el mundo se paralizó. Nadie fue ajeno al deceso de uno de los escritores más importantes del último siglo. Las televisoras le dedicaron horas y horas de semblanzas, las tapas de los diarios del planeta fueron ilustradas con sus fotos, su nombre y el nombre de sus libros se hicieron tendencia en las redes sociales.
Sin embargo, Rodrigo convierte a sus lectores en privilegiados espectadores de lo que sucedió entre las cuatro paredes de su hogar. La incertidumbre, el llanto, los trámites burocráticos, el acecho de la prensa. La visita de amigos y extraños. De políticos amigos y de autoridades figuretis. Los grandes homenajes y los pequeños detalles, como aquel arcoíris que relució en la silla de ‘Gabo’ al día siguiente de su muerte o la aparición de una avecilla negra muerta en el jardín días atrás.
La desconcertante incineración de su padre y el pucho que su madre, después de muchísimos años, encendió para consolarse. Casi al final, Rodrigo hace una confesión conmovedora, llena de nostalgia y cargada de admiración: “Daría cualquier cosa por pasar una hora con mi padre cuando era un malandrín de nueve años, o con mi madre cuando era una niña vivaracha de once, ambos incapaces de sospechar la extraordinaria vida que los esperaba”.
El libro cierra con un hermoso álbum de fotos, con imágenes inéditas de la familia, del ‘Gabo’ y la ‘Gaba’ queriéndose, de las exequias multitudinarias en México y Colombia. No hay duda de que este libro es un homenaje al padre, pero también una forma de sellar el duelo, de desfogar la pena y consolarse. Apago el televisor
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