
Este Búho es un hombre privilegiado porque se dedica a lo que ama. Hoy recuerdo con gracia cuando anuncié que quería ser periodista, mi viejo, con el rostro desencajado, dijo alzando la voz: ‘¡Te vas a morir de hambre!’. Mi viejita, más tranquila, con la resignación de alguien que conoce la terquedad de su hijo, solo atinó a decir: ‘Si es lo que te gusta...’.
Nunca me arrepentí de aquella decisión. Entonces, cuando resolví ser periodista, amaba leer, viajar y escribir. Y lo único que me permitiría hacer todo eso era el periodismo. Era un cachorrito, estudiante de universidad, cuando ingresé por primera vez a una redacción. El olor a tinta, el sonido de las máquinas de escribir, el humo de los cigarrillos y ver a esos viejos reporteros macerados en pisco y ron me fascinó de inmediato.
¡Era como entrar a un manicomio! Mientras ejercía, tenía la ilusión de escribir una gran novela, como lo habían hecho Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, mis héroes del Boom. Pero de pronto me vi envuelto en esa vorágine a la que te arrastra el periodismo, con sus madrugadas de cierre, sus debates en las cantinas del Centro de Lima, esa búsqueda implacable de una primicia o las batallas sin tregua con los compañeros por ganar la portada del día siguiente. Tuve grandes maestros que me guiaron por este camino sinuoso.
Muchos no habían pisado nunca una universidad, sino que se habían hecho en la calle, caminando. Y fue de ellos de quienes más aprendí. El ‘Chino’ Domínguez, ‘La retina del Perú’, en el Queirolo, rodeado de sus amigos de Hora Zero, me dijo: “Perro que no camina no encuentra hueso”.
En otro momento, el poeta y cronista Eloy Jáuregui, sazonado por unos rones, me cogió el hombro, y con esa mirada de niño pillo, sentenció: “El periodista tiene que saber de todo, muchacho. Debe tener la habilidad de escribir en cualquier parte del diario”. Tuve la suerte de tener a Alejandro Guerrero, el famoso documentalista, como maestro. Alguna vez, mientras dictaba animosamente su clase de periodismo televisivo, sentenció con esa su voz aguardentosa: “Periodista una vez, periodista siempre. Porque un periodista nunca deja de serlo, sino hasta que se va a la tumba”.
Mi gran sensei, ‘Pico’, me decía: “Muchacho, el día que un periodista deje de sentir indignación, frustración, compasión, ira, tristeza, orgullo o alegría por una noticia que cubre, ese día que coja sus cosas y se vaya al carajo”.
En mis tiempos de periodista de calle sin celular, con los malditos terroristas de Sendero Luminoso asesinando y colocando coches bomba en las noches y madrugadas, tenías que estar con tu pequeña radio a pilitas con RPP al costado de tu almohada, pensando a qué horas el carro del periódico te iba a recoger para ver muertos.
El primer gran salto a la tecnología en comunicaciones periodísticas —antes de la revolución de la computadora y el celular— fue el ‘bíper’, un pequeño aparatito que te lo ponías en el bolsillo y sonaba cuando recibías mensajes en tiempo real.
Luego llegó la verdadera revolución tecnológica a los medios: la computadora, que mató a las viejas máquinas de escribir Remington que utilizaban cintas que se gastaban rapidito y uno a veces traía la cinta de su casa para no tener problemas. Tuve la suerte de vivir esa nueva era en el diario Página Libre (1990), el primero en computarizar todas las secciones del diario y la mesa de edición y diagramación.
Hoy, después de más de treinta años, tengo la mente fresca, los ojos bien abiertos y expectativas como en el primer día, en la adecuación a las nuevas revoluciones tecnológicas, como la inteligencia artificial. Soy de la vieja escuela, a mucho orgullo, pero uno no puede dormirse en sus laureles. Este columnista es un convencido de que debemos adecuarnos a los nuevos tiempos.
Basta ver en la calle, en los transportes públicos, que todo el mundo anda con smartphones y a ellos también deben llegar nuestros periódicos en versión digital. Con todo el respeto y la admiración por la inteligencia artificial, estoy convencido de que no podrá escribir mejor una novela que García Márquez. Aquí, quiero volver a mis viejitos, que, aunque contrariados y preocupados por mi decisión de ser periodista, me apoyaron desde el primer minuto.
La sentencia de mi padre al enterarse de mis planes no se cumplió, porque no me morí de hambre. Hoy él es el primero en la fila cuando el quiosco de periódicos abre. Es mi lector más fiel y más crítico también.
Me siento feliz de trabajar en lo que siempre quise, vivir dignamente y poder darle una buena educación a mis ‘cachorros’. Hay una gran y sencilla filosofía periodística para nosotros: ‘No se puede ser honesto —así alguna vez lo hayas sido— si terminas defendiendo o trabajando para un deshonesto’. ¡Feliz Día del Periodista! Apago el televisor.








